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San Juan de Dios: buscando el camino.
«Haced el bien a vosotros mismos dando limosna a los
pobres»
Simón Velasco
Sáinz de Aja.
Diario Palentino Digital
Parece evidente que
nos encontramos ante un santo en vez de ante un loco. Aunque
de amor fue loco.
A San Juan de Dios: «Tiene
un nombre la caridad / cristianamente encarnada: Juan Ciudad,
Juan de Dios en La Granada. ¡Ay!, Juan de Dios, qué
loco, que de amor fuiste loco. ¡Ay!, riquezas de la
miseria. Tu riqueza es la miseria. Son tu joya más
preciosa los más pobres. Cambias el uno por el ciento...
Haces honor a tu sobrenombre / que es de Dios de amor invento.
Si el corazón de una madre / es lo más parecido
a Dios, tu corazón: de los pobres es madre / y hermano
en el Señor. Haceos bien a vosotros mismos,
dices cuando pides limosna. Tienes con el pie en el estribo
/ al alcance todas las rosas. Y sus espinas son gloria y atisbo
/ del Cristo que vive en tu granada roja (: tu corazón).
Haces camino mientras andas / con tus pies vestidos de llagas.
En tus discípulos haces vivo / el espíritu de
Jesucristo. Gallardos o de mala fe / a la fe conviertes con
fé. No se disimula la valentía. No se disimula
la caridad y humildad cristiana. Con tus cristos cargas todos
los días / vespertinas tardes, anochecidas y claras
mañanas. Crece el Verbo unido a tus heridas. Recoges
a locos, tullidos y lisiados. De damas en los arrabales de
la vida / eres alfarero entre enlodados barros. ¡Ay!,
Juan de Dios, qué loco, que de amor fuiste loco. Todos
los pobres eran tus pobres / y tus pobres te parecían
pocos».
Pero, ¿qué hay de verdad
de su locura? ¿No es cierto que existen episodios místicos
que la delatan? Es admisible que la reacción de Juan
al sermón del Maestro Ávila, su conversión,
es poco menos que desconcertante. Dos momentos: el primero,
está fuera de sí y así sale de la iglesia,
deslumbrado por «aquella luz»; el segundo, aprovecha
para humillarse. Se trata de un proceso de fé y es
muy arriesgado analizarlo desde otros parámetros.
Sin embargo, las gentes de Granada
lo toman por loco y los muchachos se lo gritarán así
por las calles, terminando por ser recluido en el Hospital
Real. En realidad, se trata del fruto o culminación
de una búsqueda espiritual que va de largo; ni parece
que sean las acciones que iniciará a partir de ese
momento álgido de su vida las de un loco.
Simbólicamente, su camino
espiritual hacia la santidad tiene por principio Gaucín,
donde existe un paraje conocido como La Adelfilla. En sus
alrededores había algún que otro granado. A
la sombra de uno de ellos, se encontraba una fuente. Y a ella
se acercó para saciar su sed y descansar un poco. Aquí,
pudo suceder lo extraordinario, uno de esos secretos que acontecen
a los hombres... Juan se quedó dormido y soñó...
El niño Jesús toma vida en su sueño y
viene a obsequiarle con el jugoso y rojo fruto del granado.
Pero entre él y el Niño hay una luminosa cruz:
«Granada será tu cruz»
Si quería
conseguir el fruto del granado, Granada sería su cruz.
Se sabe que visitó a un tío
suyo, único familiar, en Montemayor el Nuevo, su tierra
natal. El diálogo entre ellos pone de manifiesto la
situación interna de Juan y sus ya decididas opciones.
Siendo invitado por el hermano de su madre a vivir con él,
le responde: «Sr. tío mi vida es de no quedar
en esta tierra, sino de buscar adonde sirva a nuestro Señor
fuera de mi natural». «Y puesto que he sido pecador,
razón es que, pues el Señor me ha dado la vida,
que la que fuere la emplee en hacer penitencia y servirle».
Ejerció de pastor y de soldado,
sus dos profesiones, que le van a servir en la escuela de
la vida para su ulterior dedicación como peculiar noviciado:
Por una parte, el de soldado, para que no olvidara el batallar,
aunque, ahora, sus enemigos fueran bien distintos...; y, por
otro, el de pastor, para que se entrene como caudillo de tantas
ovejas, de tantos pobres de Cristo y miserables, a los que
procuraría el pasto espiritual y temporal y la cura
de sus cuerpos.
Decide pasar a Granada, y en este
mismo tiempo, para mortificarse y que lo estimasen en poco,
andaba mal vestido y se fingía persona simple.
Y,
ya por fin, en el momento de su conversión, tenemos
que acercarnos a otro Juan, Juan de Ávila, y comprobar
que un santo hace a otro santo. Y todo ello a la edad de los
40 años, la mitad de la vida, la época del «demonio
meridiano», fecha seria del hombre.
Juan de Ávila,
en un sermón, pasó de las saetas del Mártir
a las del Amor Divino «mediante una divina y extraordinaria
luz». Y como la tierra de su alma, la de J. Ciudad,
estuviere algún tanto dispuesta, por las confesiones
y por la caridad en la que se ejercitaba, de tal forma fructificó
la semilla de la Palabra de Dios en ella que, oídas
aquellas razones vivas de aquel varón, se le fijaron
en sus entrañas y «fueron a él eficaces,
que luego mostraron bien su fuerza y virtud». Lo demás
ya está de más, o sea, relatado. Y a vista de
pájaro no se discierne bien acerca de su presunta locura
sino más que en las apariencias: No se verá
nunca, salvo espeleologías del alma, lo que bulle y
transforma radicalmente por dentro a Juan Ciudad en su conversión.
Dos palabritas: Juan va a encontrar en el P. Ávila
al amigo, al padre, al confesor, al maestro que adivina el
trabajo de Dios en este instrumento de su amor a los hombres
de aquella época, de aquella ciudad: Granada. Desde
entonces, va a nacer entre ellos una profunda relación
de fraternidad cristiana... Juan de Dios había estado
persiguiendo, sin darse cuenta, un ideal, un camino; ahora
lo encontraría...
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