REPORTAJE. DIARIO SUR.
(José Becerra/BENAOJAN). Domingo 27 de Julio de 1997.

Las referencias históricas que sirven para entender el entorno urbano -el pasado y el actual- y el comportamiento de sus habitantes son inevitables a la hora de hablar de Gaucín. El que hoy se considera como uno de los paisajes más variados de la provincia de Málaga con el aliciente añadido de su situación privilegiada entre dos valles -el del Guadiaro y el del Genal-, ejerció profunda atracción para las gentes más dispares. En sucesivas oleadas, romanos, árabes y mudéjares, castellanos del norte -nobles repobladores y siervos de la gleba- fueron dejando su impronta en la arquitectura, costumbres y toponimia.

Si no fuera por la importancia que para el futuro turístico del pueblo entraña, se podría citar como anecdótica la presencia de una colonia británica que desde principios del Siglo XIX asentó aquí sus reales para repeler la invasión napoleónica. Súbditos ingleses, pero ya en el siglo XX, construyeron el primer establecimiento hotelero de la serranía. Luego vendrían centroeuropeos y norteamericanos.

Si viene ahora a Gaucín, y aunque pase un poco de calor, vale la pena que primero se detenga en alguno de los pintorescos rincones de las inmediaciones del pueblo. Desde las laderas del monte Hacho, impresionante mole pétrea que domina buena parte del término, podrá gozar de insólitas vistas en días claros, tanto del Estrecho y el Peñón de Gibraltar como del norte de África y, por supuesto, de espectaculares perspectivas de la Serranía de Ronda. Hasta esta vienen a morir, en verdes oleadas y desde la costa, interminables campos de alcornoques, pinos, encinas y castaños. Siguiendo los meandros del Genal que se abren paso entre huertas, o los del Guadiaro que escarba los pies de imponentes cerros - el de Maravillas y el de la Mora-, avistamos, recortándose su silueta en el cielo, el castillo del Águila, la más relevante seña de identidad de la villa. La fortaleza levantada sobre un antiguo caserío romano, fue testigo de seculares enfrentamientos entre moros y cristianos que a veces rozaron la epopeya. En su arrabal próximo, aún en pie, encontró la muerte Alonso Pérez de Guzmán, conocido como El Bueno tras el histórico episodio de Tarifa.

Subterráneos, aljibes y torres almenadas coronando los peñascos nos recuerdan una época medieval y un ambiente guerrero. Pero hay más ocasiones para el asombro. En lo que fuera polvorín de la fortificación se levanta la ermita del Santo Niño, venerado a raíz de la aparición del Niño Jesús, según la leyenda, a Juan de Dios, lo que ha dado pie a una romería.