LA IMPORTANCIA DE LAS PALABRAS
Salvador Martín de Molina.

Diario de Jaén. 25 de julio de 2005


Ahora que me falta el tiempo, quisiera decir mi palabra.

 

Jubilado, no es que te sobre el tiempo, es que te falta para todo. Antes, había veces y momentos en los que, incluso, te aburrías; ahora, no doy abasto para atender tantas “obligaciones”.

 

Este es un mundo de contradicciones.

 

Lo mismo que pasa con las palabras. Las usamos para transmitir una cosa y su contraria, para afirmar lo que deseamos y las utilizan los adversarios para expresar lo que nosotros detestamos.

 

Estos días -y ya hace bastante tiempo- los medios nos bombardean con la palabra nación y, por ahora, con la pretensión de incluir el termino en el nuevo Estatuto Catalán. Para unos, es lo lógico y deseable, para otros, supondría nada menos que la desmembración de la nación española. Es una interpretación correcta de la Constitución, es un atentado frontal a nuestra Carta Magna. ¿En que quedamos? Lo malo de todo esto, no es que el uso de nacionalidad/nación mantenga o rompa la unidad de los españoles/catalanes, que reconozca una identidad histórica y cultural o que haga referencia a un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición comun, expresiones de la RAL que, a mi me lo parece, no difieren gran cosa. Lo malo es, a mi juicio, que el uso de uno u otro termino –nación, nacionalidad- nos divida hasta el extremo. Y de una forma visceral. Incluso, para discernir donde ubicar unos legajos de un Archivo.

 

Lo mismo estoy viendo que sucede con la palabra matrimonio. Es inadecuada, a mi manera de entender, para definir una realidad social, soterrada desde siempre y hoy emergente, incompatible con lo que se ha tenido como soporte de un contrato para la unión entre un hombre y una mujer –si lo contemplamos desde la vertiente civi-l o como rito sacramental de los católicos para esa misma unión heterosexual a perpetuidad. Pero, de ahí, a que nos enzarcemos todos los días en discusiones más acaloradas de las debidas, que la utilización de uno u otro término sea capaz de que la Iglesia institucional apoye movilizaciones políticas, media un abismo. El abismo que algunos quisieran que fuese real entre la sociedad española.

Cuando la verdad –por lo menos, desde mi perspectiva- es que la utilización de nación o nacionalidad, el uso indiscriminado del término matrimonio, son meras opciones políticas o sociales, que serán más o menos acertadas o insatisfactorias, pero que seguirán su curso natural hasta que el tiempo les dé o les quite la razón de existir.

 

Para volver a empezar. Y a discutir.

 

Que es una forma civilizada de discernir, de encontrar las diferencias que nos separan. O que nos unen. Y saberlas expresar en palabras para pedir o conceder algo al/del otro interlocutor. Sin que necesariamente tengamos que exponerlas como palabras mágicas, de honor, de rey o de Dios.

Simplemente, tomar la palabra para usar la facultad de hablar o de expresarnos.