Gaucín y Teodoro... por Juan Ignacio Trillo Huertas

TIOJIMENO DIGITAL ; 4 de Octubre de 2008

 

Queridos paisanos: Os hago llegar La Tribuna que esta mañana he publicado en el Diario Málaga Hoy por si considerais oportuno incluir en vuestra página Web, de la que os doy la enhorabuena por sus contenidos. Aprovecho la ocasión para pediros por favor si me podeis hacer llegar a este correo el texto íntegro del pregón de feria que dio José Regueira. Un fuerte saludo de este jimenato que como tal ejerce allí donde me encuentre. Saludos. Juan Ignacio Trillo Huertas

Gaucín y Teodoro

Juan Ignacio Trillo Huertas

 

 

GAUCÍN sufrió el pasado día 11 de septiembre un temblor político. Tras más de un año con el socialista Teodoro de Molina como alcalde, los cuatro concejales andalucistas, inculpados por delitos urbanísticos, sedujeron a los dos del PP. Una moción de censura llevó a la Alcaldía al popular Francisco Ruiz, con la promesa, entre otras, de regularizar las viviendas ilegales.

 

Por ser Gaucín colindante al gaditano pueblo en el que nací -Jimena de la Frontera- lo conozco bien. Después, lo he visitado como delegado de Medio Ambiente dada su riqueza forestal, o en actos del PSOE. No escribo aquí por mor de la trama local que se retrata por sí misma, sino para narrar la historia política y humana de mis encuentros con Teodoro de Molina.

 

Finalizaba mayo de 1974. Yo hacía cuarto de Económicas en Málaga. Dos años antes había sido arrestado por la Policía política del franquismo como tantos otros estudiantes. Procesado por el temible Tribunal de Orden Público estaba pendiente de juicio. Se me acusaba de propaganda ilegal. Me pedían tres años de cárcel. Por buzonear panfletos comunistas, ponía el auto. En cambio, me detuvieron, sin prueba alguna, a las siete de la mañana sacándome de la cama en un piso alquilado para estudiantes en el barrio de El Ejido. Ello conllevaba, al estar en libertad provisional, que no podía pisar la Facultad, excepto para exámenes finales. Pues bien, al mediodía de ese mayo de 1974, cuando me disponía a recoger unos apuntes, fui sorprendido por la misma brigada policial.

 

Me llevaron a los lóbregos y cutres calabozos del Palacio de la Aduana que ya conocía. Más tarde, salí escoltado, para mi sorpresa, por la Policía del Ejército con destino al Gobierno Militar en el Paseo de la Farola. Procedieron a hurtarme el derecho a las milicias universitarias y el de obtener prórrogas. Debía incorporarme, por el contrario, a la mili normal. Pasé a la Comandancia de Marina, que estaba justo al lado, de donde me trasladaron a la estación de tren con rumbo al cuartel de la Marina en San Fernando.

 

Tras una corta e intensa instrucción de mes y medio, junto a otros tres mil marineros, debía jurar bandera y zarpar en barco hacia el Sahara para combatir al Frente Polisario. Pensé el horror que me producía batallarle a una causa que apoyaba. Cavilé para fugarme y acogerme a asilo político en otro país. La caída de la dictadura siempre la veíamos como inmediata. Pasado un mes y reparado el punto flaco de la vigilancia del cuartel, fingí hallarme mal. Se lo comuniqué al cabo para justificar mi ausencia. No fui a la clínica, como era preceptivo, para que no me negaran el parte de baja. En cambio, huí oculto en el interior del microbús que todas las tardes salía con los enfermos o accidentados de ese día. Para mi desgracia no hubo parada intermedia. Finalizó en el interior del hospital de la Marina, convertido en fortín. Decidí esconderme allí, ante el rumor de que Franco se moría, en vez de asumir otros riesgos. Quedé clandestino en la sala que menos vigilancia y visitas médicas tenía, la de enfermedades desconocidas.

 

Gracias a una monja enfermera vasca, y al garante del botiquín, apelado Teodoro de Molina, que cumplía así su mili, pude sobrevivir y pasar desapercibido. Hasta el 11 de septiembre de ese 1974. Causalmente, treinta y cuatro años antes de la moción de censura en Gaucín contra Teodoro. Me descubrió una inspección de médicos militares que habían vuelto de sus vacaciones. Pensé que me harían "desaparecer". Cundió el pánico en la escala de mandos. Habían fallado todos los controles. Los de mi reemplazo ya llevaban más de un mes en el Sahara. No constaba mi salida del cuartel ni mi entrada en el hospital. En todo este trajín, Teodoro terció por mí. Velozmente, el día después, me vi frente a un tribunal militar que me dio la exclusión temporal para el servicio militar por "tortícolis crónica", algo que no exigía examen radiológico. Y a la calle. No pude despedirme de nadie.

 

En aquel verano pude con Teodoro, además, oír en secreto el transistor. En onda corta cogíamos Radio París y la BBC. Nos transmitía el vigor político del momento: tromboflebitis de Franco, traspaso temporal de poderes a Juan Carlos, caída de la dictadura y de la monarquía en Grecia, creación de la Unión Militar Democrática, de la Junta Democrática... También, compartimos la lectura de decenas de libros.

 

Cuántas veces deseé toparme con esa monja y con Teodoro para reparar la deuda... Fue el 15 de febrero del pasado año en un acto en Gaucín a favor del nuevo Estatuto de Andalucía. Al llegar al pueblo, alguien que me esperaba, me dio un apretado saludo. Le correspondí sin saber quién era. Ansié alguna pista para identificarle. Cuando me explicitó: "te voy a dar una sorpresa, Nacho, conservo fotos de los dos en el hospital de la Marina", entonces, emocionado, miré a sus ojos, le abracé y al fin dije: ¡Gracias, Teodoro!.

 

Me contó que residía en Sevilla. Hizo Magisterio y Económicas. Se afilió al PSOE. Estaba prejubilado en la banca donde trabajó. Tenía la idea de vivir en Gaucín, donde nació, para dedicarse a su pueblo. Por ello, a los asistentes al acto estatutario lo presenté como su futuro alcalde. Ahora, al bueno de Teodoro lo han echado de la Alcaldía. No porque en el reciente congreso del PSOE haya pertenecido, que lo ha hecho, a Alternativa Socialista. Ha sido por una indigna moción de censura. Pronto, la justicia o las urnas se encargarán de reponerlo.