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Los gaucinenses Andrés Ortega Mateos
y Cristóbal Tineo Vázquez murieron en Gussen y Mauthasen.
La Opinión de Málaga;
12 DE DICIEMBRE DE 2007
Los campos de concentración
instalados por los nazis acabaron con la vida de 148 jóvenes
de la provincia. La Excma. Diputación de Málaga les
rinde tributo con un monumento conmemorativo en los jardines del
Centro Cívico. Los familiares narran el horror de la desaparición
de sus allegados.
A
más de sesenta años de la caída del nazismo,
la literatura de los campos de concentración conforma un
corpus inmenso y detallado en el que no faltan ni obras de ficción
ni testimonios en primera persona. Gracias a la recuperación
de la memoria, acaso también a la autocrítica de los
alemanes, el mundo no desconoce lo que ocurrió en caseríos
aberrantes como Mauthausen. No obstante, pocos sabían que
el horror estaba tan cerca, concretamente en Málaga, donde
más de un centenar de familias quedaron descabezadas por
el exterminio.
Los desaparecidos de la provincia, unos 150, corrieron la misma
suerte que los judíos y los gitanos de medio continente.
Al término de la Guerra Civil, al igual que miles de represaliados,
huyeron a Francia, donde se enrolaron en las compañías
de trabajadores extranjeros o tomaron contacto con la resistencia
gala, que se oponía al inevitable avance de las tropas hitlerianas.Con
los delirios del führer campeando por medio país, fueron
deportados a campos de concentración, la mayoría a
las sanguinarias parcelas de Mauthausen y Gussen. Allí se
inició la pesadilla: les despojaron de identidad y les colocaron
una `s´ de españoles, tuvieron que trabajar como bestias
y, casi todos, sufrieron una muerte brutal. Desnutrición,
balazos, vejaciones, cámaras de gas, epidemias o carnes de
laboratorio.
Su muerte, completamente anónima, parece haber recuperado
el nombre propio en los jardines del Centro Cívico, donde
un portentoso monumento les recuerda desde ayer. La pieza, elaborada
por Rafael Alvarado, forma parte del tributo de Diputación,
que ha dado cumplimiento a la proposición de IU aprobada
en el Parlamento.
 La
inauguración del monumento, que está acompañado
de una muestra fotográfica sobre la crudeza de los campos,
sirvió para demostrar que la memoria de las víctimas
está muy viva. El acto, presidido por el presidente de la
institución, Salvador Pendón, y su homólogo
en la Asociación por la Memoria Histórica, Francisco
Espinosa, congregó a un centenar de familiares. La mayoría
de ellos, no pudieron sofocar las lágrimas y tuvieron que
ayudarse de sus nietos para expresar recuerdos y testimonios.
Casi siempre, historias paralelas. La noticia de la captura, las
cartas de los primeros meses y el silencio quebrado por la comunicación
del fallecimiento. Miseria y faltas de ayudas para superar la tragedia,
la indemnización posterior del estado alemán o francés.
José López, originario de Teba, tenía un año
cuando su padre fue trasladado a Mathausen. Asegura que su muerte
no la olvidará nunca, como tampoco la correspondencia que
recibió en la primera época del recluimiento. "Escribía
a mi madre pidiéndole fotos de la familia, después
no supimos nada más", dice. Años más tarde,
descubrió que había muerto en Gussen, una instalación
levantada cerca de Mathausen, donde murieron la mayoría de
los malagueños. Según los familiares, se trataba de
una zona reservada para los presos que se derrengaban y ya no podían
asumir los descomunales esfuerzos del trabajo. Un territorio hecho
por y para la muerte.
En esa misma parcela perdió la vida Antonio Escobar, trabajador
del sector textil en Antequera, que dejó dos niños
pequeños en el pueblo. Uno de ellos, Rosario, cuenta que
su padre formaba parte de una familia de cinco hermanos, cuatro
de los cuales fueron acribillados a balazos por las tropas de Franco
en la plaza de toros de la localidad. "Nos quedamos sin nada,
mi madre tenía que pedir porque no teníamos para comer",
explica.
Rosario
recuerda que la familia estuvo quince años sin saber nada
del desaparecido y que, únicamente a partir de ese momento,
recibieron ayuda del gobierno alemán. Su muerte se produjo
en 1941, la misma fecha en la que asesinaron a Andrés López,
arriero de Marbella, recordado entre sollozos por su hija Antonia,
que cuenta que pasó cinco años en Francia, país
en el que se refugió la familia al completo y en el que secuestraron
a su padre. Su nieto, David Domínguez, explica que la correspondencia
acabó en el momento en el que lo llevaron a Mauthausen. En
las siniestras dependencias coincidió con el agricultor Juan
Domínguez, de Cañete la Real, rememorado ayer por
su prima pequeña, que no soltaba su carta ni su retrato.
No era ni es para menos.
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