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Palabras de presentación
del libro del Santo Niño Dios de Gaucín realizadas
por el autor, Salvador Martín de Molina.
Gaucín.tv;
15 de septiembre de 2006
FOTOS DEL ACTO
Queridos
amigos y Hermanos del Santo Niño Dios de Gaucín:
Me veo en la obligación -si bien,
plenamente gratificante- de decir unas palabras, que pretenden ser
de agradecimiento y esperanza.
De gratitud, a la Junta Directiva de la
Hermandad, que tomó el riesgo de encomendarme esta tarea
de recopilación de datos y aportación de documentación
en torno al Santo Niño, San Juan de Dios y la propia Hermandad.
Espero haber correspondido a esta confianza, presentando un resultado
satisfactorio.
Agradecimiento que hago extensivo, en este
momento, a las cariñosas, aunque excesivas, expresiones de
nuestro Hijo Adoptivo y Deán "Perpetuo" de la Catedral,
el entrañable D. Francisco García Mota, que movido
por su amistad ha llegado a ruborizarme. Hago míos, no obstante,
sus elogios y los asigno de inmediato a todos los que forman la
Hermandad de Santo Niño, que sí que son merecedores
de los mismos.
Y, entrando ya en la presentación
de este libro, he de reconocer mis propias limitaciones.
Si yo tuviera una pluma certera, habría
desgranado una historia, para enmarcar con precisión y agudeza
el hecho irrepetible del encuentro entre el Niño Dios de
Gaucín y Juan Ciudad en las postrimerías de la denominación
árabe y en los albores de la reconquista cristiana, cuando
amanece la edad Moderna.
Si hubiera tenido capacidad para ello,
habría hecho literatura y descrito con las pinceladas que
se merece todo el entorno encantador de nuestro pueblo que atrajo
irresistiblemente al caminante portugués para dirigirlo a
su destino granadino.
En fin, si fuese poseedor de un verbo fácil,
habría brotado de mi inspiración una poesía
que reflejara con exactitud y belleza todo el esplendor de nuestra
tradición; incluso, habría llegado a responder al
desafío del que habla nuestro Párroco, Pepe Morales,
al lanzarnos al aire el globo de la inquietud en buscar al misterioso
personaje que siempre se deja conocer, que siempre da salida a nuestras
vidas.
De todas maneras, y aunque reconozco paladinamente
mis incapacidades en dichos campos, aquí os presento este
libro, fruto de mi amor por lo nuestro.
Es, al mismo tiempo, como un cuento, una
novela o una historia, este nuevo hijo de mi corazón gaucinense.
Lo primero, porque rozo los sentimientos mas profundos, tiernos
y verdaderos de un pueblo que se embelesa con sus creencias; por
otro lado, son dignos de ser novelados los personajes que hacen
posible el Encuentro y su perpetuación; y, en definitiva,
esta es la historia, la historia real y verdadera, de nuestro pueblo,
de nosotros mismos, en torno a la esencia que siempre nos ha reunido,
nos reúne y nos reunirá en el futuro.
Mas allá de los agoreros que predicen
el fin de las creencias religiosas y su sustitución por los
fetiches de una cultura de pandereta.
He pretendido exponer de forma sencilla,
casi coloquial, el gran bagaje de nuestros recuerdos en torno a
la ensoñación del Encuentro. Ello no quiere decir
que haya prescindido del dato histórico o del documento que
lo fundamente, sino que mi intención ha sido dejar constancia
de ello, sin mayores pretensiones de erudición, suprimiendo
incluso las notas a pie de página, aunque reseñando,
al final del libro, las fuentes bibliográficas imprescindibles
para el que quiera profundizar en el tema.
Así, junto a una breve introducción
sobre nuestra Parroquia, cuya restauración se hizo en honor
del Santo Niño, titular en aquellos tiempos de la Iglesia
de Santa María, hago una descripción de lo que yo
llamo figura del Caminante desconcertado y su hermoso encuentro
en la Fuente de la Adelfilla, bebiendo de las fuentes de hagiógrafos
y literatos, como Lope de Vega que describe con estas hermosas palabras
un dialogo entre Juan de Dios y el Divino Niño, quien le
enseña la granada que lleva en su mano izquierda y, al requerimiento
de partirla, concluye:
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Partámosla;
pero advierte
que esta granada partida
tiene el fruto de tu vida
pero los granos de mi muerte,
que gotas de sangre son;
ve a Granada, y hallarás
los pobres por quien tendrás
mi gracia y mi bendición.
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para terminar este capítulo con
el espléndido Romance del Encuentro de mi hermano Teodoro,
que es de lo mas sencillo y hermoso que puede leerse sobre nuestra
tradición.
A continuación, me detengo -no con
la profusión que yo hubiera querido- en la iconografía
del Infante y su Porteador. Es la justificación más
patente de la verdad histórica del Encuentro, por las múltiples
escenografías en las que se hace referencia al mismo. Como
veréis, los cuadros de Claudio Coello y Pedro Raxís,
aparte de su valor artístico, nos detallan con minuciosidad
los pormenores del mismo. Merecía la pena detenerse en ellos,
junto a los mas conocidos de nuestros magníficos tapices
y de la maravillosa escultura de nuestro San Juan de Dios penitente.
Nuestra devoción -que arraigó
incluso en el Papa Bueno Juan XXIII- y sus manifestaciones, forman
un capitulo del máximo interés para nuestra historia,
así como los dedicados a las Ermitas del Castillo y de la
Adelfilla. Para terminar con los detalles de la misma, os presento,
a través de un famoso Sermón impartido con motivo
del nacimiento en nuestro pueblo del primogénito del Duque
de Medinaceli, en 1813, las conmovedoras escenas de la profanación,
desaparición y reencuentro de la Imagen del Santo Niño,
para desembocar en su feliz nombramiento como Alcalde Honorario
y Perpetuo de nuestro pueblo.
La última parte del libro, pero
no la menos importante, es un festivo recorrer la historia mas reciente
de nuestra Hermandad, que si bien tiene sus raíces más
antiguas en un documento de 1584 que he encontrado en el Archivo
de la Catedral de Málaga, inicia su resurgir en el año
1953.
Pues, bien, a partir de dicha fecha hago
un recorrido por los aconteceres mas importantes, los testimonios
en forma de comentarios o de poesías sencillas y sentidas
de muchos de nosotros que he creído interesante recoger,
así como de un elenco de fotografías en las que quedamos
reflejados en nuestra presencia en actos y procesiones, a lo largo
de los años. Son cerca de mil personas las que se reflejan,
a lo largo del libro, como testimonio de nuestra devoción.
Claro es que, hay muchos más testimonios escritos y gráficos,
pero de ellos queda constancia en las distintas revistas anuales
de nuestra Hermandad o del Ayuntamiento, y a ellas me remito. Espero
que las nuevas aportaciones, sean de vuestro agrado. Y pido, de
antemano, perdón por las muchas omisiones que encontrareis.
En
los títulos de crédito figuran las entidades que han
hecho posible este libro, a los que son de agradecer su estimulo.
Las premuras de tiempo en la impresión del libro, han impedido
que en entre ellas, figuren las de ----. Y, después de la
bibliografía figuran mis agradecimientos particulares, que
gustosamente hago público
A
Miguel Vera, Director del Archivo de la Catedral de Málaga,
Margot Corbacho Reguera, Archivera del Archivo-Museo Casa de los
Pisas y Salvador Contreras Gila, Bibliotecario del IEG. Y, muy especialmente,
a Juani y Manolo, por su inestimable ayuda en la confección
de este libro. A
mis hermanos, en especial a Teodoro por sus orientaciones; a mis
cuñadas, sobre todo a Nieves por sus aportaciones; a mi cuñado
Miguel Vázquez González por sus enriquecedoras notas;
a mis primos Teodoro y Rafael de Molina; a mis amigos de Gaucín,
Miguel Castilla Castilla, Cristóbal Gil y los miembros de
la Junta Directiva de la Hermandad del Santo Niño Dios de
Gaucín.
Y a todos
los que, de alguna forma, habéis hecho posible este trabajo
de amor a nuestro pueblo.
Todo está casi dicho. Sólo
me queda remitiros a la contraportada, que habréis de mirar
de forma apaisada, como si de un horizonte de los nuestros se tratara.
Reproduce un cuadro mío -una excepción
en mi pintura realista, que conocéis por los paisajes y las
cales de nuestro pueblo o las caras surcadas por el trabajo y el
dolor de mis personajes- y parece un rompecabezas, y en realidad
lo es: el puzzle de colores se nos aparece como trozos de anhelos
de cada uno de nosotros, cuando buscamos la composición de
una determinada figura, combinando piezas -azul, rojo, amarillo-
en las que hay una parte de la figura total, de difícil solución.
Intentaré, de todos modos, explicarme.
Quiere representar al Caminante -rojo violinista
de músicas celestiales- rodeado de los cuatro elementos que
conforman nuestra existencia y nos desbordan en la historia milenaria
de nosotros mismos:
Tierra
aire
agua
fuego.
Los amarillos amalgamados con los marrones
que nos ofrece el terruño pobre de nuestros montes, en los
paisajes otoñales cuando el septiembre que se nos viene se
oculta cansado del estío, como lo estaba Juan Ciudad al pisar
nuestra tierra.
Los grises, azules, malvas y rojos, que
nos sirven de impulso para configurar el espacio de nuestros siderales
encuentros, sobre todo el rojo color, que representa conceptos antagónicos:
la vida, la regeneración y la energía y, por otro
lado, el dolor, la violencia o el peligro. Viene del desierto, como
el ocre amarillento, y es símbolo de vida, de una vida que
renace en Gaucín para continuar en Granada y, sin fin, hasta
la consumación de los siglos.
El azul celúreo, el color más
presente en la naturaleza, evocador de la espiritualidad, la sabiduría
y la contemplación. Desde un manto virginal hasta la frescura
de un lejano bosque, o el canto saltarín del agua cristalina
como la de la Adelfilla, actúa como sedante e induce a la
quietud y, en su frialdad, nos ayuda a alejarnos en el espacio.
Como el inolvidable naranja, bello sustantivo
de raíces árabes como las nuestras, color del alba
y del crepúsculo, deudor de sus primarios: fuerte y estridente
como el rojo fuego, y delicado y solar como el amarillo, sin que
nunca sea frío, sino que trasluce la calidez mediterránea
de nuestras vidas. Es el marco adecuado para rememorar el Encuentro
de la Adelfilla.
Para mí, la síntesis de colores
y elementos que configuran el Encuentro y nuestras vidas. Y, dispuesto
a utilizarlos, el Niño, como aposentador de colores en una
paleta recia, pero siempre alegre.
Y dejo para el final, la composición
de la portada, en la que sobre las rocas imperecederas que nos pintara
Pérez Villaamill, al inmortalizar al Castillo del Águila
para que se contemplara por siempre desde el Casón del Buen
Retiro del Museo de Prado, emerge el Niño, esta vez desnudo,
para simbolizar nuestra propia desnudez, que no precisa de vestimenta
alguna para acogernos amorosamente. Al igual que, en aquella ocasión,
en que se nos presentara descalzo, nos invita a que, también
por nuestra parte, lo acojamos para subirlo a nuestros hombros o
acunarlo en nuestros brazos
Y, os decía al inicio de mi intervención,
que mis palabras también querían ser de esperanza.
Y, por ello, me sumo sinceramente a lo que la Directiva ha expuesto
en la Revista de este año como su razón de ser:
Que sea el Santo Niño y nuestra
Hermandad, lo que verdaderamente nos aúne. A esta vocación
estamos llamados y todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a conseguir
que todos los gaucinenses seamos una piña en rededor de nuestro
Niño. Por ello, espero que sepamos responder a la llamada
de nuestra Directiva y, por muy lejos que estemos de nuestras tierras,
y aunque a veces nos sea imposible, por diversos motivos, acudir
a las fiestas de septiembre, siempre mantengamos en nuestro corazón
el amor al Santo Niño y a nuestro pueblo, sin romper nunca
el vínculo que a todos nos une.
Y desde aquí, para terminar, animo
a la Junta Directiva a seguir en el camino de la entrega y la apertura
de nuevas rutas y propuestas, que tanto benefician este ánimo
de unidad que hoy nos congrega en esta cena de hermandad. Posiblemente,
habría que emprender la tarea de instituir una Fundación
que ampliara los fines de nuestra Hermandad. Quizá sería
el momento de alumbrar un nuevo libro, esta vez con la fotografías
en sepia, que dejaran constancia de nuestra ancestral devoción;
claro que, sería imprescindible la colaboración de
todos con la aportación de sus fotografías mas antiguas.
A ello os invito, con el permiso de la Directiva.
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Y
con ello finalizo,
vislumbrando
la luz como premio
al
perdón y al olvido.
Y
puedo preguntarme:
¿Quién
me cambió
el
corazón a la ternura?
Para
contestarme:
De
Juan Ciudad, la santa locura
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FOTO.- Salvador
Martín de Molina.
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