¿Ha estado usted en Roma?


Carlos Luis Álvarez (CANDIDO)

ABC 23 de Junio de 1999.

 

Hace unas semanas quise reflejar sucintamente mi dolor por la muerte de Torcuato Luca de Tena, que era director de ABC cuando vine por primera vez a este periódico y me envió a la India con motivo del viaje de Pablo VI al subcontinente y también a Agadir, la ciudad pulverizada por un maremoto. Ahora me escribe un señor asegurando que yo no estuve en Agadir. Daría cualquier cosa por agradar a mi corresponsal y no haber estado nunca en Agadir, pero desdichadamente no tengo imperio sobre el pasado, de cuya descripción, en lo que toca a mis lejanas crónicas africanas, hay constancia en ABC.

 

En cualquier caso procuro no discutir con nadie y como el cliente siempre tiene razón acepto con todas las consecuencias el no haber estado en Agadir. Si saco al tablero un asunto tan nimio, además de raro, es para referirme a otro excepcional narrado por un genio del periodismo decimonónico, Francisco Cañamaque Jiménez, que era liberal, republicano, progresista, anticlerical y afrancesado (tradujo del francés a Michelet y Las Provinciales pascalianas) y de quién mi buen amigo Cesar Alonso de los Ríos dijo humorísticamente que era una invención mía. Sin embargo Francisco Cañamaque existió desde 1851, donde se le vio por primera vez en Málaga y él vio Málaga por primera vez, hasta 1891.

 

De todos modos comprendo que Alonso de los Ríos albergara la sospecha de que Cañamaque lo había inventado yo. En 1985 pronuncié una conferencia acerca de él en el Banco Exterior dentro del ciclo Grandes periodistas olvidadosque organizó la Asociación de Periodistas Europeos. Cañamaque que es verdaderamente olvidado y eso que como periodista vivió el momento más brillante, vertiginoso y activo del parlamentarismo español desde las cortes de Cádiz, las de 1869. Escribió un libro sobre los oradores de aquel festín de elocuencia política que, me parece a mí, debe de echar de menos Federico Trillo, a quién recomendé hace algún tiempo la reedición de Cañamaque. El libro Los oradores del 69, lleva como subtitulo Bustos parlamentarios y fue publicado en Madrid en 1879 por la imprenta de Simón y Osler, que estaba en la calle de las Infantas. Uno de aquellos bustos es el de Emilio Castelar, el de la titánica oración Dios es grande en el Sinaí en defensa de la libertad de cultos, frente a Manterota, que era un poderoso adversario. El Diario de Sesiones de las Cortes del 12 de abril de 1869 copia el siguiente diálogo:

 

"Castelar: Yo estuve en Roma y me dio horror y frío.
Manterota: El señor Castelar nunca ha estado en Roma, y yo, francamente, señores, creo que el señor Castelar nunca ha estado en Roma.
Castelar: Sí estuve, el año pasado por ahora.
Manterota: Digo, señor Castelar, y lo digo con un profundo respeto, y hasta con cariñosa expresión…
El presidente (que por cierto era don Abelardo López de Ayala). Señor diputado, ruego a V. S. que se dirija a la Cámara.
Manterota: Digo, pues, a la Cámara, que no creo yo que el señor Castelar haya estado nunca en Roma".

 

Seguro que Federico Trillo no hubiera permitido jamás ese dialogo donde no se sabe qué sorprende más, si la pueril osadía de Manterota, la oceánica ingenuidad de Castelar aceptando el diálogo o el talante impertérrito del presidente ante una conversación tan absurda. Comenta Cañamaque:

 

"¿Han oído ustedes jamás nada semejante? Un hombre de bien, un caballero, afirma en plenas Cortes, a la faz del país, que ha estado en Roma. Manterota se levanta y le contesta: "No creo yo que usted haya estado en Roma". Pero, señor cura, ¿qué es eso? ¿Qué se ha figurado usted? ¿Piensa que está disputando con los monagos de la catedral de Vitoria? ¿Ése es el respeto que le merecen los diputados de la nación? ¡Pues hombre! ¡Ni que estuviéramos en asamblea de canónigos que acaban tirándose los bonetes!. "

 

Parece ser que por entonces el ir a Roma tenía su angel y daba prestigio y eso no lo soportaba Manterota que, en su calidad de clérigo, se otorgaba el derecho a dictaminar quién había estado en Roma y quién no. Por descontado que no iba a ser la primera vez ni sería la última que a un diputado le atacase la fiebre comicial -que se cura con el éboro negro, según Plínio el Joven- y para no salirnos de aquella época tan amena añadiré el dialogo rápido y contundente que copia Cañamaque en otros de sus bustos parlamentarios:

 

"El presidente: señor diputado, descúbrase V. S. ante la representación nacional.
Paul y Angulo: Pero, señor presidente, ¿Qué más tiene que me cubra dos dedos más acá que dos dedos más allá?
El presidente: Que se cubra V. S., se lo mando.
Paul y Angulo: Pues bien, presidente reaccionario y abominable, no me da la gana."

 

Así estaba la democracia de bien asentada en la segunda mitad del siglo XIX, de manera que no pudiendo los diputados acabar con ella tuvo que intervenir Cánovas del Castillo.

Por mi parte declaro que si es necesario que yo no haya estado en Agadir (donde sentí horror y asfixia) que así sea, pero sospecho que Castelar sí estuvo en Roma. En Roma y en Bosnia-Herzegovina, pues escribió un ensayo, sumamente penetrativo sobre aquel sempiterno conflicto. Menos mal que aquella famosa mañana (¿o fue por la tarde?) en que Castelar comenzó a hilvanar con hilo de oro la inmortal oratoria castelariana del Dios es grande en el Sinaí, el rayo le precede, el trueno le acompaña, si no me equivoco; digo que menos mal que Manterota no se levantó de su escaño para decir:
"El señor Castelar nos dice que Dios estuvo en el Sinaí, y yo, francamente, señores, creo que Dios nunca estuvo en el Sinaí."

Habría entonces que imaginar las sonrisas de satisfacción de los numerosos descreídos que pululaban por las Cortes del 69.
Desde luego la cara de hormigón a prueba de martillazos que hay que echarle a la cosa para decirle a Castelar en contra de lo afirmado por él ante la nación que nunca estuvo en Roma es de sobresaliente "cum laude".

Por cierto, Cañamaque sintió gran admiración hacia don Abelardo López de Ayala, el cual acabó, sin embargo, decepcionándole. Años después escribió Cañamaque:


" ¡Ah, don Abelardo!¡ ¿Quién hubiera creído entonces … que habría de formar parte de un ministerio, en 1874, que suprimió de un arranque todos los periódicos democráticos de España!...¡ Francamente, eso no se lo perdono yo, que soy periodista; no se lo perdona la consecuencia, que es exigente; no se lo perdona la razón, que es lógica, invariable, inflexible".

 

En fin, aquí el problema es donde ha estado uno. Si Castelar en Roma y yo en Agadir. La vida me ha enseñado que cada uno tiene su Manterota a quien corresponde la organización del pasado de uno y también del presente, que es más fácil. No sé qué hubiera pasado en el caso de que don Abelardo hubiera sacado a votación si Castelar estuvo o no en Roma, cosa natural para quienes piensan que la democracia hay que llevarla hasta las últimas consecuencias. Por el contrario, yo creo que hasta las últimas consecuencias no hay que llevar nada. Enzensberger aconseja las cosas a medias como alternativa a la barbarie. Así por tanto pongamos que en su camino a Roma Castelar se quedó en Valencia y que yo me quedé en Huelva cuando iba a Agadir.