Cañamaque y su litigio con La Asociación del Magisterio

Teodoro de Molina

 

Recientemente ha caído en nuestro poder un precioso libro escrito por nuestro ilustre paisano titulado Recuerdos de Filipinas.

 

En este libro D. Francisco va narrando episodios de algunas de las vicisitudes que le ocurrieron en su estancia en Las Filipinas ejerciendo funciones de Administrador del Estado de una de las provincias del archipiélago.
Entre las muchas funciones a que su cargo le obligaba, estaba la de inspeccionar y emitir informe sobre la situación de la enseñanza en aquel territorio. Pues bien, en el capítulo IV nos describe cual era la realidad educativa de las islas y sin quererlo o pretenderlo nos presenta su concepción ideológica sobre la enseñanza.


He aquí parte de su escrito:


<<Con la rapidez que el clima de Filipinas lo permite cabalgábamos los dos: el carabinero consumiendo más bullos que cañamones dan por tres pesetas, yo mirando y remirando lo que veía y lo que quería ver. A decir verdad, no son del todo mala las carreteras de las islas, y ya quisieran muchos pueblos de España tenerlas lo mismo. Son espaciosas, y amen de ciertos inevitables tropiezos se puede ir por ellas sin el temor de caer y magullarse.

 

… . . . . . . . . . A las dos horas de camino y después de haber visto no pocos de estos cuadros realmente paradisíacos, - se refiere a la desnudez absoluta con que observó a los nativos a su paso por el camino- llegué a un pueblecito cuyo fraile salió a recibirme con la franca cortesía que les es propia, pues repito que aquellos frailes no son frailes, sino muy buenos españoles y muy campechanos camaradas, desviviéndose de alegría cuando el tiempo los pone a tiro de un compatriota por humilde que este fuere, siendo sus conventos a toda hora casa franca de todo el mundo.


No bien hube descansado rogué al Padre me acompañara a la escuela, que quería visitar. Accedió con mil amores y nos pusimos en marcha en dirección a
la casa augusta del porvenir: que digan lo que quieran las teologías el porvenir del mundo civilizado está en estas tan modestas como respetabilísimas casas, no en las místicas abstracciones de una sociedad de ascetas y penitentes.


Dimos , por fin, vista a la escuela construida con nipa, caña y estera semejante a la de esparto, y que caía, a modo de pared, por los lados de la casa, pequeña en verdad, y de ruin apariencia.
El maestrillo, que así llaman allá a los maestros, apresuróse a recibirnos saliendo asustado y fuera de sí al anuncio de nuestra proximidad a la cátedra de su sabiduría.

 

Era un joven de veinte a veinticinco años, bastante moreno, de marcado aire mestizo, ojos negros, mirada triste y cabello cortado y peinado a la europea. Su traje el mismo de los demás, camisa y pantalón. A primera vista parecióme hombre pulcro y amigo del aseo de su persona. Todo él respiraba la pobre vanidad de muchos dómines de villorrio que se creen poco menos que Salomones, siendo esta inocente pedantería general en todas partes, allí y aquí, en Europa y fuera de Europa, y témome mucho no sean de idéntica prosopopeya los maestros del otro mundo, caso averiguado de que en el otro mundo haya maestros, lo cual no afirmaría yo, porque eso de morirse de hambre y ser el ánima vilis de todo bicho viviente es bromazo que pueden solo aguantar los Mentores de este mísero planeta>>.

 

Esta descripción y la concepción que Cañamaque tenía de la enseñanza le ocasionó una polémica pública con La Asociación del Magisterio, periódico de Huesca que en escritos realizados el 14 y 24 de setiembre, y 3 de octubre de 1876 le pidieron explicaciones, que las dio, y reflexión sobre lo manifestado por él en El Pueblo Español, periodico donde habitualmente escribía D. Francisco.

 

En próximos días estaremos en condiciones de publicar en esta sección la réplica del director de La Asociación del Magisterio y las explicaciones de Cañamaque.