CARMEN EN GAUCIN
1. El entorno físico
Se nos ha dicho que el referente más
hondo para los andaluces no es su región, sino su ciudad, su
pueblo, el concepto, la idea de patria chica. El andalucismo debe
ser una fase intermedia de progresión del individuo hacia la
Humanidad, una superación de lo anterior, no una negación.
En este sentido, mi referente es Gaucín, como una fase intermedia
entre mi historia personal y la historia total. Allá donde
se siente el suave temblor al que llamamos historia de los hechos
menudos [1].
No se trata de hacer historia de Gaucín, para la que no tengo
capacidad, medios ni tiempo, sino de dejar constancia del Gaucín
más entrañable; se trata, sencillamente, de contar algo
de lo captado del fugaz y veloz tren que pasa por delante de nosotros,
de intentar detener por un instante la flecha del tiempo mientras
va penetrando en el interior de nuestras historias personales y colectivas.
Algo que pudo ser y no fue. O, quizá, algo que fue y no ha
sido: el mito de Carmen en su entorno natural, Gaucín.
Lo diré desde el principio y sin retórica: Carmen era
de Gaucín y Mérirmé escogió con conocimiento
de causa Gaucín como centro de sus correrías. La cita
expresa y reiterada de nuestro pueblo y de su entorno desaparece en
la ópera de Bizet, "que no recoge sino lo aparatoso y
castañetero de la novela original" [2]. Ahí empezó
este olvido histórico, que se perpetuó y que estas páginas
intentar corregir.
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FIGURA 1
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Después de la aventura prodigiosa
del Islam, en los inicios de la España cristiana reconquistada,
el centro de gravedad económico y político del mundo
se desplaza a Andalucía y durante más de dos siglos
continúa el protagonismo andaluz: Sevilla, Cádiz...
Más tarde, los viajeros románticos recordarán
aquellos esplendores a través de restos arqueológicos,
de torreones destruidos y patios recónditos en casas antiguas
y palacios señoriales.
Surge así el mito de Carmen y la mujer española y la
figura de Don Juan, los bandoleros generosos, los toreros valientes
y el exotismo orientalizante: una imagen construida por ojos extranjeros
y que aún perdura para bien y para mal [3].
Sobre todas estas imágenes, me interesa detenerme en la de
Carmen, creada por Mérirmée y que podría haber
sido un timbre de gloria para Gaucín.
Basta con leer la novela y comprobar cómo el nudo central de
la misma se desarrolla en Gaucín. La circunstancia fatídica
es que, ni Bizet -verdadero introductor del mito con su ópera
homónima-, ni los múltiples autores que posteriormente
adaptaron el drama al cine, la danza o el teatro, mencionan a Gaucín
como escenario de las acciones esenciales que fraguan el desenlace
final.
Más recientemente, un andaluz, Salvador Távora, que
ha triunfado con su nueva versión Carmen. Opera andaluza de
cornetas y tambores", en la presentación que de la misma
hace, dice recoger "la leyenda primitiva contada por viejas cigarreras
de Triana". Pero no hace alusión alguna a Gaucín,
pese a indicar que es "una historia, una leyenda de transmisión
oral, llena de rigurosos y atrevidos comportamientos, de dignidades
y libertades, enraizada en nuestra cultura popular, y ajena a la visión
literaria y romántica del siglo" [4].
Desde esta perspectiva, debería haberse profundizado en esa
cultura popular, tan entrañable y justamente ensalzada por
Gunter Grass, cuando nos decía que la narración como
forma de supervivencia y de arte... Nosotros, tan sumamente concentrados
en lo escrito, hemos conservado el recuerdo de la narración
verbal, del origen oral de la literatura. Si olvidáramos que
todo lo narrado salió desde el principio de unos labios...
si hubiéramos olvidado todo esto en aras de lo escrito, nuestra
narración sería sólo seca como el papel y no
algo transportado por un aliento húmedo...
Aunque un día no sepa escribir o pueda escribirse o imprimirse
ya, cuando no se disponga ya de libros como medios de supervivencia,
habrá narradores que nos hablarán al oído, devanando
otra vez las viejas historias: en voz alta o baja, jadeante o demorada,
a veces próxima a la risa y a veces próxima al llanto
[5].
Si ello es así, Távora ha desperdiciado una ocasión
para volver a la leyenda original, donde Gaucín tiene el protagonismo
que merece y que P. Merimée dice recoger del propio D. José
de Lizarrabengoa, cuando visitó España en noviembre
y diciembre de 1830 y que después describe con minuciosidad
en la novela publicada en octubre de 1845 en la "Revue des deux
mondes".
Las raíces están en la tierra. Y por ellas sube la savia
de tu memoria. La historia se queda atrás y los recuerdos sólo
son parte de la memoria aún sin escribir, serena y melancólica
evocación de uno mismo.
Como detallaré mas adelante, Gaucín es el escenario
cabal, no sólo para el sangriento enfrentamiento entre José
y el Tuerto García, marido de Carmen, la muerte de Doncaire
y las confrontaciones entre el orden y los bandoleros-contrabandistas,
sino, aunque parezca contradictorio, para el remanso de paz que vivieron
los amores de Carmen y José hasta que se rompió por
las ataduras que éste quiso imponer a la fatalista gitana de
nuestra historia.
Gaucín es el marco apropiado, porque es paisaje y frontera,
universo y roca gris, contemplación y encuentro, entre el silencio,
el olvido y la rememoración, tierra en la que la luz encuentra
su libertad, rebotando en el azul de las paredes, como en un bodegón
de recuerdos.
Alegría de la luz en sus paredes cegadoras, serena luz que
empapa toda la vida mediterránea. Gaucín, en el aire
indolente, como una de sus palmeras. Y, como las palmeras, en un intento,
lento y diario, de subir hacia el cielo, mientras exhibe orgullosa
sus dátiles amarillos, como mimosas dulces y lejanas...
Porque, como diría Borges, Gaucín es una palabra de
cuatro o seis letras, como arte. Arte que se hace misterio, recuerdo
abigarrado de complejas culturas: romanos, moriscos, guerrilleros...
y Carmen que descubrirá el mañana con sus ojos negros
y profundos, la lozanía de sus piernas, el balanceo de sus
caderas y el frescor de sus labios rojos sosteniendo la amarilla flor
de casia...
"Los pueblos de la Serranía habitan en un sobrecogedor
circo de montañas donde retumba la historia, un sueño
de piedra y luz donde el tiempo parece detenerse", ha recordado
Justo Navarro en un hermoso reportaje sobre nuestros montes, en el
que recoge, entre otros personajes, a José García, el
herrero de Gaucín, y, por coincidencia, del mismo apellido
que el marido de Carmen [6].
Me parece que el destellante rojo de la fragua de José García,
deja entrever el perfil cortante de todos los gitanos que han ennoblecido
mi tierra con sus sudores, pero también el alma ardiente de
tantas Carmen como han subido desde el Peñón, por las
riberas del Genal, saltando de peña en peña, por vericuetos
y entre jaras, hasta arropar a sus hombres en el arrabal, teniendo
por almohada -feliz vocablo de nuestra habla andalusí- la falda
acogedora del Castillo del Águila.
Por ello, hay que venir a estas tierras que visitaron Ford, Villaamil,
Roberts y demás románticos y después vislumbraron
Rilque, Joyce y tantos otros. Salir fuera de uno mismo para buscar
lo que llevamos dentro. Es preciso escribir para saber si tenemos
algo en el interior, a modo de viaje hacia adentro para recuperar
las raíces.
2. El entorno romántico
Mérirmée es escritor romántico
significativo en la Francia del inicio del XIX. No hay que insistir
en ello. Pero sí me interesa poner de relieve las influencias
que pudieron llevarle a escoger Gaucín como escenario del nudo
central del drama.
Como es sabido, el romanticismo, sobre todo en los franceses, hizo
atractivo el viaje a España y el género se inició
en los últimos veinte años del S. XVIII con los libros
españoles de Swinburne, Dillon, Townsend y Lady Holland [7].
A comienzos del s. XIX, surge la nueva tipología del viajero
romántico, más allá de la mirada de autosuficiencia,
acomete el viaje como evasión y sustituye el poder de la razón
por el dominio de la subjetividad. Se privilegia lo fragmentado, lo
ruinoso, las diferencias y peculiaridades, en definitiva, se hace
necesaria la invención de una serie de paraísos perdidos
tras los cuales encaminar la imaginación. Nuevos motivos, los
contrastes culturales, lo agreste, lo insólito, la diversidad
de paisajes, el mestizaje, el medievalismo, el orientalismo, se constituyen
en objeto de búsqueda y referencia, lo que permite a la imaginación
del viajero una recomposición subjetiva que desemboca en un
mundo ideal y huidizo.
La imagen de España se renueva, pero para caer nuevamente en
el letargo del tópico y del lugar común. Se ensalza
al pueblo llano (que es el que convive con el viajero en su andadura)
y la clase media, en cambio, aparece como ignorante, huraña
e indolente, y la aristocracia degenerada. A Disraely le bastaron
unos días de excursión por la Serranía de Ronda
para notar "the delicacy and cleanliness of the lower orders
of this country", conceptos también expuestos por Richard
Ford y Borrow [8]. Y surge la admiración por el pueblo español,
tanto por los efectos derivados de la guerra de la Independencia,
que fue un asombro para Europa, como por no parecerse al proletariado
de otros países, como puso de relieve Lord Bayron en su Childe
Harold. De todas formas, este campesinado merece la admiración
del viajero por su extraordinaria fortaleza y gallardía y por
su natural simpático y alegre, siendo resaltadas estas virtudes
que contrastaban con la reglamentada miseria del proletariado francés
o inglés.
Por ello el viajero busca nuevos espacios y los itinerarios se desplazan
a la Península y, mas concretamente, a Andalucía, donde
la "polimorfia" es evidente: el conglomerado histórico,
la fragmentación y el mestizaje racial, la heterogeneidad geográfica,
todo lo que exigía ávidamente el viajero romántico,
en un abanico de matices estéticos derivado de la superposición
de pueblos conquistados y conquistadores, de invasiones y reconquistas
siempre inacabadas.
Todo ello se traduce en sentencias ditirámbicas de autores
como T. Gautier, Marqués de Custine, Stendhal, Sobieski y tantos
otros. Y, mas o menos verídicas, las imágenes románticas
de Andalucía han mantenido su poder evocador y han servido
a los propios andaluces para autoafirmarse. Incluso, "no tanto
para descubrirnos, como para velarnos aun más, añadiendo
nuevos enigmas a los muchos que ya había dispersos por Andalucía",
como nos dice González Troyano en la obra anotada [9].
Fueron los viajeros-pintores que sucedieron a los pioneros, como Richard
Twiss (1747-1821), uno de los destacados representantes -junto a Francis
Carter- de la primera etapa ilustrada de los viajeros británicos,
los que comienzan a difundir el arte y la cultura española.
En 1775 Twiss publica Travels through Portugal and Spain en la que
describe su recorrido, entre otros pueblos, por Gaucín, uniendo
a las reflexiones de carácter sociológico y artístico
una amplia imaginería gráfica de la herencia arquitectónica
de Al-Andalus, difundida por toda Europa.
La avalancha de viajeros, sobre todo ingléses y franceses,
a España en los siglos XVIII y XIX ha sido objeto de numerosos
trabajos [10]. Pero me voy a detener en las citas concretas de Gaucín
en algunos de ellos.
Inicial referencia a Gaucín la encontré en un viejo
libro, de 1776, editado por el Major William Dalrymple [11], que inicia
su recorrido de España y Portugal, precisamente por Gaucín,
donde trasnocha el día 20 de junio de 1774, y del que dice:
Gaucín está colocado sobre la cumbre de una alta montaña,
que habíamos gastado dos horas para subir por un camino rígido
como una escalera. Los moros han construido en otro tiempo en ese
sitio un fuerte para dominar la entrada de la sierra de Ronda.
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FIGURA 2
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Por su parte, el Barón de Bourgoing
[12], narra como:
Tres leguas más allá encontramos Gaucín, linda
población escondida entre altas montañas, desde cuya
cumbre se ve claramente el peñón de Gibraltar. Está,
pues, en un profundo valle fecundado por los arroyos que por todas
partes lo bañan.
Taylor, en Voyage pittoresque en Espagne [Paris, 1826-1832], nos dejó
una grabado denominado "Bandoleros" del camino de Ronda
a Gaucín, de un tenebrismo delicioso [13].
Después, el romanticismo viajero inunda Europa con escritores
famosos como Jacob, Gautier, Ford o el Barón de Davilliers,
éste ilustrado por Gustavo Doré que puede considerarse
como el último libro de viajes con espíritu romántico
[14].
Richard Ford recorrió Andalucía en 1831 y publicó
en el año 1845 (el mismo en que Carmen salió a la luz)
su Manual de viajeros por España y lectores en casa, cuya ruta
comprende Gaucín, del que, entre otras cosas, dice:
[...] está muy románticamente situada en una sierra
hendida... la vista es espléndida. el camino en bajada por
una escalinata endiablada (análoga expresión a la utilizada
por Dalrymple) parece hecho por el diablo en el jardín colgante
del Edén [15].
Subrayo esta frase del viajero romántico por excelencia, porque
parece dicha para que, mas tarde, Mérirmée se inspire
y enmarque en este paraje a su Carmen, quien asimismo se llamaba satánica:
los colores de Carmen, el rojo y el negro, simbolizan al diablo; "has
encontrado al diablo, sí, al diablo"; "eres el diablo"
le dice José y ella asiente; y, cuando recuerda la muerte de
Carmen, dice "esa mujer era un demonio"...
Y, por contraste, Gaucín y su entorno: el Edén como
nos dice Ford.
También hay numerosos libros de viajeras de España y
de Andalucía [16], lo que -con independencia de la repetición
de tópicos y exotismo- contribuyó en gran manera a difundir
la belleza de nuestra provincia en el extranjero. Josephine de Brinckmann
(en 1850) y Juliette de Robersart (en 1863) pasaron por Gaucín,
procedentes de Algeciras y Gibraltar en su camino hacia Málaga.
Por lo que se ve la ruta Gaucín-Ronda era obligada, pese al
acoso de los bandoleros en nuestras sierras (la primera pone en boca
de un malagueño el horror que causaban e, incluso, la necesidad
de que, después de que los apresaran, lo que había que
hacer era "fusilarlos en el acto") o de lo abrupto del terreno
(la segunda nos dice que llegó a Ronda "tras ocho horas
de marcha ininterrumpida, hecha mas bien para gamuzas y gamos que
para hombres").
No me resisto a transcribir una de las páginas de Brinchkman
dedicadas a Gaucín, donde se adentra a través de un
bosque, al que "no puedes imaginar nada más encantador,
más poético":
Mientras admiraba la belleza pintoresca de aquella naturaleza [...]
Gaucín (se me presentó) como una de las más singulares
villas que he visto [...] (por lo que) bendigo la buena estrella que
hasta aquí me ha conducido [...] en el Castillo donde descubrí,
con el tiempo claro, que todo era una maravilla.
Para terminar, nostálgica, que "desgraciadamente, con
cierta pena recordé que era el tiempo de partir y de despedirme
de aquel bello panorama que no volvería a ver jamás
[17].
Otra escritora que se refiere a nuestras tierras es Valérie
de Gasparin que evoca a
[...] esa África presentida, los vientos que han pasado por
el Sahara, las brisas cuyo aliento se ha suavizado al acariciar los
jardines árabes y que vienen, húmedas y cálidas
a que nos deleitemos en el placer de respirar. Eso es la belleza.
Y la poesía.
¿Qué más se puede decir?
Esto me lleva a buscar en Carmen de Prosper Merirmée, el complemento
a este paisaje sin par, encontrándolo en el espíritu
de una mujer gitana, pobre, hambrienta de libertad.
Según sabemos, Prosper Mérimée viajo por primera
vez a España en 1830 (lo hizo seis veces más, la última
en 1863) y Andalucía le sedujo. Fue acogido por los condes
de Teba (padres de Eugenia de Montijo, más tarde Emperatriz
de Francia al casarse con Napoleón III, en 1853) en las casas
que estos tenían en la Plaza del Angel, esquina a la plaza
de Santa Ana, en Madrid, solar que hoy ocupa el Hotel Reina Victoria,
el de los toreros, cuya circunstancia es recordada por el Ayuntamiento
con una placa conmemorativa. La condesa debió contarle los
episodios del jaque que mató a su amante, una bailarina, por
excitar temerariamente sus celos y el de su cuñado que se enamoró
de una cigarrera y que podrían ser el embrión de la
novela, en opinión de Luis López Jiménez [18].
También es probable que P. Mérirmée conociera
las obras precedentes de Jacob (1811), Gautier (1840) y Borrow (1842).
Es seguro que trabó amistad con el escritor malagueño
Serafín Estébanez Calderón, que le hizo conocer
su Ronda natal. Mérirmée paso cinco días en Algeciras
-como ya le había ocurrido a Chateaubriand- intentando encontrar
cabalgaduras adecuadas para caminos y sendas de montaña que
tendría que atravesar antes de llegar a Granada, pasando por
Gaucín y Ronda; he aquí durante ocho días a este
pequeño grupo por los senderos rocosos y estrechos de la serranía
de Ronda: "es cierto que nos ha tocado un camino bastante romántico,
escarpado, pedregoso y desértico como para acabar con la paciencia
de un viaje que, desde hace tres meses, se halla en el límite
ideal para formarse en esta virtud" [19].
Esta es la visión romántica de los escritores del escenario
escogido para nuestra Carmen. Pero también se asomarán
los pintores.
Cuando habla del pintor romántico David Roberts, el Larousse
dice que desde Madrid lo acompañó su amigo Jenaro Pérez
Villaamil, el más grande pintor romántico español
y autor insigne de la obra paisajística por antonomasia de
este estilo: el Castillo de Gaucín [20]. Cuando David Roberts
llegó a Ronda, procedente de Málaga, (por las ventas
de Cártama, Casarabonela y el Burgo) en 1833, era un artista
consagrado y tenía 37 años. Después de pasar
dos días en Ronda (donde pintó dos cuadros, uno del
Tajo y una panorámica desde lo alto del barrio de San Francisco,
en donde se divisa el camino de Algeciras) [21] , el día 23
de marzo de 1833 se dirigió a Gibraltar, por un camino aún
más dificultoso, con estrechos desfiladeros, profundos precipicios
y la constante amenaza de los bandidos, que campaban a sus anchas
por estos terrenos imposibles que se abrían sobre el río
Genal. "La posada estaba en Gaucín y, según Ford,
era bastante buena. Roberts encuentra en este pueblo un horizonte
maravilloso que le descubre Gibraltar y África al final de
un largo y zigzageante valle. Realiza un dibujo de aquel paisaje,
situando en primer plano al Castillo que se eleva sobre el conjunto
de casas. Veinte años después pintaría un óleo
sobre el mismo tema, mal titulado Gribraltar from Ronda, que le regaló
a su única hija" [22].
El exotismo de España, con su valiosa herencia islámica
y medieval, rezuma en los cuadros de Roberts "Looking tunvard
Gibraltar and the coast of Barbary" y "Gibraltar from Gaucín".
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FIGURA 3
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Lo cierto y seguro es que Roberts contribuyó
al conocimiento en la sociedad europea de las bellezas de las ciudades
españolas, no sólo por sus cuadros al óleo y
a la acuarela, sino en especial por sus dibujos y por la inclusión
de los mismos en una especie de revistas que se publicaban en Londres,
sobre todo en la serie The tourist in Spain, uno de cuyos cuatro volúmenes,
titulado Granada, inserta los tres grabados mencionados y otro sobre
Gibraltar. De esta forma, las dos ciudades españolas (Ronda
y Gaucín), nos dice Sánchez Robles, "empezarían
a formar parte de los lugares de culto británico en el extranjero
y se convertirían en destinos casi de peregrinación".
No tan conocida es otra litografía a color, que también
compré en un establecimiento de Gibraltar, hoy desaparecido,
que firma y titula "Gaucín" J.F. Lewis, fechada en
1832, en ella se refleja la imagen de los arrieros contrabandistas,
típicos de la época en nuestro pueblo. Responde a la
postura pintoresca que dirige su atención hacia las características
más peculiares y coloristas de los tipos y paisajes andaluces,
frente a la postura nostálgica de los pintores que quisieron
plasmar trozos de historia, arqueología o la poética
de las ruinas.
En estas y en otras reproducciones románticas, el Castillo
del Águila y las rocas gigantescas, son protagonistas de la
representación. Todo el paisaje se desparrama hasta el final,
hacia el mar y la roca de Gibraltar, en las mismas fuentes que bebió
el autor y en que hizo andar a Carmen y su cuadrilla.
El Castillo sigue majestuoso, viéndose desde el campo de Gibraltar
sus airosas torres, recortadas en el azul del cielo, aunque la fábrica
de sus milenarios muros esté casi en ruinas. Y, al propio tiempo,
atalaya, desde las cumbres, del ancho valle, vista única de
dilatada perspectiva que se pierde en la remota lejanía, en
una majestuosa combinación de matices y coloraciones suaves,
desde el apacible verde del ensanche del Genal, hasta el grisáceo,
violeta de su desembocadura, sin perder la luz diáfana y la
limpidez maravillosa de los mares que sirven de horizonte, rompeolas
de siglos de idas y venidas, de presentes y recuerdos, de trémulas
palabras que no se quieren oír, de ilusiones sin fin, más
allá de los sabores de ayer y de hoy, que, como decía
el poeta:
Ya han pasado para siempre
y se alejan de tristeza
en la marea de mi corazón.
El Castillo y su entorno reflejan, creo, lo más hondo de nuestro
carácter y ha sido recogido por las plumas y los pinceles de
importantes artistas.
Es más, como ha dicho alguien [23], "el Oriente siempre
ha estado entre nosotros o se encontraba cerca, tan sólo al
otro lado del estrecho de Gibraltar". España y, más
en concreto, Andalucía han sido objeto de curiosidad, trabajo
plástico y elaboración intelectual, tanto por artistas,
como por viajeros y escritores o todo al mismo tiempo como es el caso
de Richard Ford.
Y estas vibraciones se dejan notar en un pintor romántico,
como en David Roberts, que tenía a España como etapa
previa para su viaje a Oriente: "Venecia y España ocuparon
durante mucho tiempo este lugar de iniciación", nos dice
I. Rupérez, y la verdad es que cuando he paseado por las silenciosas
calles de la Venecia de los canales, siempre me he acordado de los
silencios de las callejuelas de Gaucín.
El mismo halo de misterio que rezuma el cuadro de Roberts, desprende
el "Castillo de Gaucín", de Genaro Pérez Villaamil,
que se encuentra en el Museo del Prado.
Ambos cuadros tienen una estructura común, dentro de su perspectiva
romántica, que creo exagerada, pues es probable que en los
años en que Roberts (1833) y Villaamil (1850, aunque el cuadro
está datado en 1848) visitaron Gaucín, el castillo no
estuviera en el estado de conservación que ofrecen las pinturas,
sobre todo en el caso de Villaamil, pues ya había sufrido los
embates de la invasión napoleónica y de la explosión
del polvorín de 1843. Salvo que éste se guiara del pintado
por su amigo David Roberts. De todas formas, parece que el punto de
mira se puede situar en la cima del Hacho, como puede observarse en
fotografías similares (por ejemplo, en una de Nicholas A. Breakwell
que aparece en //www2.tcd.ie/People/Nicholas.Breakwell/Gaucín-homepage.html.
Copyright, 1995), si bien en estas más recientes, con la población
rodeando al rocoso Castillo.
El cuadro "El Castillo de Gaucín", De Villaamil,
óleo sobre lienzo, de 147x225 cm., se encuentra en el Casón
del Buen Retiro, catalogado dentro de la Colección "Pintura
del siglo XIX" en la pagina 553 [24].
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FIGURA 4 "Castillo de Gaucín
de Villaamil
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Fue adquirido al hijo del pintor por
Real Orden de 26 de abril de 1864, en 1.500 pesetas para el Museo
Nacional de la Trinidad, tras el informe de su director, que señaló
que
[...] es este cuadro si no de los mejores, uno de ellos en que más
marcada se ve la manera y particular carácter de las obras
todas del paisajista Villaamil [...] uno de sus cuadros en que más
se revela su estilo, su manera, su rica imaginación, su ardorosa
fantasía y el libre y descompuesto modo que tenía de
hacer.
Para Margarita Nelken, era la mas típicamente romántica
de sus obras.
La escena recoge a un grupo de bandoleros junto a su guarida, que
observa a unos viajeros en el barranco. Al fondo, y ante una gran
llanura, el gran risco sobre el que se levanta el castillo de Gaucín.
Es una transcripción exacta de la escena del pasaje de Carmen,
en el que el Doncaire, el Tuerto, el Remendado y D. José esperan
a los ingléses que Carmen les envía desde Gibraltar.
A su mirada subjetiva del mundo dieciochesco, se une la fantasía
algo romántica propia de este pintor, que asimismo se refleja
en su cuadro "Castillos en la Costa" [25], en el que me
parece vislumbrar también al Castillo de Gaucín, en
lontananza, rodeado por una bruma espesa que acentúa la perspectiva
atmosférica del cuadro, todo él envuelto en una luz
irreal, pero brillante, de pincelada empastada y nerviosa. Sus paisajes
se caracterizan por una neblina dorada que otorga un aspecto romántico
a la composición [26] [27] .
Como la propia Carmen, en sus ausencias y desapariciones, primero
a Gibraltar, y después a Málaga y Granada, que coadyuvan
a delinear su personalidad enigmática, sin una coordenada temporal
precisa.
Y, así como la Alhambra es el símbolo más romántico
y orientalista por excelencia, el Castillo del Águila para
un Gaucínense debe ser el paradigma de todos los recuerdos
y todas las ilusiones referidas a la tierra perdida y a la tierra
que se espera. Como dice Rupérez, el viaje a Oriente de los
españoles tiene muchas etapas que se localizan a través
de nosotros mismos, de nuestra patria y de nuestra historia, con el
reflejo de una luz lejana y brillante cuyo origen está precisamente
en la Alhambra. Y creo que también, entre otros lugares, en
Gaucín, roca fuerte de nosotros los almorávides y de
los que nos enfrentamos al francés.
Y no sólo se deja entrever un trasfondo exótico y misterioso,
sino que es palpable una carnadura romántica, propia de la
última época de vida real entre sus paredes de piedra.
En el romanticismo español del primer tercio del siglo XIX
convergen, como ha puesto relieve Carlos Reyero [28], dos corrientes,
una de origen europeo moderada y ecléctica, y otra, que tiene
su principal expresión plástica en lo pictórico
y que viene propiciada por la relectura de los mitos artísticos
hispánicos y que solo se entiende por la contribución
de los extranjeros que imaginaron a España como el país
romántico por excelencia.
Así, Andalucía, que fue donde primero se revisó
la tradición del Siglo de Oro, se volvió referente arquitectónico,
paisajístico y de costumbres, como un emblema del Estado que
era pluricultural. Con Goya como modelo, surge una pincelada briosa
y una factura desenvuelta, una materia jugosa de gran riqueza cromática,
que creo que nadie como el Castillo de Gaucín encarna y que
tiene en esta fortaleza un objeto ideal para ensoñaciones románticas,
una fascinación que se dejó ver de forma patente en
los pintores románticos y que, desde las costumbres y tipos
humanos, se prolongó en el paisaje, con una autonomía
y rango "que otorgaban carácter pintoresco al motivo seleccionado.
No es de extrañar pues, que en los paisajes románticos
españoles aparezcan con frecuencia figuras y edificios que
dotan a la pintura de argumento literario, como "El Castillo
de Gaucín"... de Villaamil, la figura más importante
de cuantas optaron por esta especialidad pictórica, que exhibió
orgullosamente por Europa sus maravillosas fantasías, inspiradas
poéticamente en la geografía ibérica, en las
que mezclaba con habilidad ilusión y realidad... con pinceladas
ricas y pastosas, sutiles veladuras y colores ambarinos, que nos sumergen
en una atmósfera de misterio y ensueño" [29].
De la importancia del Castillo de Gaucín, en el contexto artístico,
nos da una idea el hecho de que la obra de Villaamil figura como dato
artístico destacable, junto a la inauguración del Teatro
Real de Madrid, a mediados del siglo XIX, en la cronología
que aparece en la obra "Historia del Arte de España"
citada.
Éste es el contexto literario y pictórico que sin dudar
impele a Mérirmée a situar el mayor ámbito temporal
de su drama en Gaucín.
3. La localizacion del drama
La influencia que en Mérirmée tuvieron los escritores
que le precedieron en sus viajes, ha sido puesta de manifiesto de
forma acertada por los comentaristas [30]. Y no sólo de los
escritores, sino lo que trasciende de los pintores citados.
Las descripciones de Gaucín y la atracción fatal que
parece desprenderse de su agreste paisaje, debieron influir decisivamente
en la elección de Gaucín.
Como lo pudo ser la misma accesibilidad -aunque dificultosa en extremo-
que se pregonaba para iniciar las rutas españolas, a los viajeros
que entraban por Gibraltar y que tenían como primera etapa
Gaucín, situada en el límite fronterizo de dos mundos,
como se ha puesto de relieve desde las raíces históricas,
pasando por el ocaso del reino nazarí, hasta la más
reciente confrontación con los franceses en los propios albores
del siglo XIX.
Esta cotidianeidad en las relaciones entre ambos lados de la frontera,
también nos hace suponer la existencia de una extensa red de
caminos enlazando lugares de uno y otro sector, que aparece documentada
debidamente.
Por eso, no es descabellado decir que Gaucín es tierra de sentido
permeable, de actitudes de acogida, como la que recibió Juan
Ciudad, después de su periplo Áfricano, enredado en
los lentiscos y erguenes de la Adelfilla y en los algarrobos que daban
sombras a sus aguas y donde vislumbró el símbolo de
la granada como tan certeramente recoge Lope de Vega [31].
Lo que tampoco es ajeno al drama de Carmen, frontera entre el amor
y el odio, entre la vida y la muerte con la que jugó en los
campos de Gaucín frente al Gibraltar de sus correrías.
Como dice el pintor y escultor tarifeño Guillermo Pérez
Villalta, esta zona limite entre el Mediterráneo y el Atlántico,
entre África y Europa, y en la que Norte, Sur, Este y Oeste
se entrecruzan no sólo geográficamente, sino en el espíritu
y las culturas que por aquí han pasado, tiene el don de la
adicción: los que nacimos en ella lo notamos en la distancia,
los neófitos caen dulcemente en sus redes sin apenas darse
cuenta [32].
En todo caso, Andalucía, "como yo, puro mestizaje, diáspora
y movimiento continuo" [33].
Quiero dejar un apunte más, en relación con la estructura
urbana de Gaucín, que propicia la situación geográfica
del apoyo logístico, como hoy se diría, a los bandoleros
y contrabandistas que acampaban en sus alrededores, mientras Carmen
quedaba en el pueblo para conspirar.
Feduchi [34] nos dice que la casa popular esta influida por tres factores:
la situación geográfica con sus características
geológicas y su paisaje, la morfología del suelo y de
los materiales que han de servir para edificarla; el lugar elegido
por su variedad climática; y el hombre y su hábitat,
de manera que por su idiosincrasia y su ambiente, es parte de la misma
tierra, de una manera tan viva que, al decir de José Plá,
"el drama de nuestras pasiones se infunde en el drama del paisaje".
Esto me recuerda el tema de Carmen, cuyo drama se entiende en el paisaje
de Gaucín -como recogió Mérimée- y en
su serranía, y no, como de forma amanerada, lo transformó
Georges Bizet al situar el escenario del drama en Sevilla.
El fenómeno de la Costa del Sol y su aglomeración ha
sofisticado, en la serranía de Ronda, pueblos con un encanto
irremediablemente perdido. Una sorprendente excepción, por
el momento, es Gaucín, donde, a pesar de la invasión
foránea, se conserva el exterior e, incluso, la estructura
interna de las viviendas. Hay una gama de colores infinita -unos muy
violentos bajo el sol, otros muy suaves en el atardecer- bajo un cielo
siempre luminoso y limpio... Pero se conserva el alma del tiempo y
del espacio.
Ello trae sus raíces desde antiguo. La región ya conocida
por el hombre de Neanderthal, sufrió numerosas invasiones:
fenicios, griegos y romanos, visigodos y árabes, y la conquista
del reino de Granada por Castilla y Aragón. En la reconquista
se distribuyeron grandes extensiones de tierra entre los conquistadores,
que de nuevo dieron lugar a los latifundios...; los castellanos, ayudados
por gallegos, montañeses, aragoneses y catalanes, repoblaron
definitivamente Andalucía desde principios del XVI... Pero
nunca se perdieron las improntas romana y árabe y las gentes
fueron adquiriendo el acento andaluz con fonética arábiga,
todo ello unido a una minoría de la eterna diáspora
hebraica, todo lo que se aglutinó en la unidad andaluza, en
la que la importancia humana es superior a la morfológica y
a la climática, con un carácter difícil de definir
en el que se adivina la idiosincrasia romana, pero, en general, perdura
lo "mudéjar", lo moro, en el transcurso de su vida
y de su artesanía...
De todas formas, es de admirar como un pueblo que ha superado sucesivas
invasiones, dominaciones, civilizaciones, mantenga sus características
fundamentales, en torno a una roca y a unas tierras regadas por feraces
aguas, más allá de sus diversas culturas, incluso más
allá de la última invasión mediática y
de la devastadora globalización.
En resumen, creo que Gaucín huele a pueblo del Sur y por las
nieblas del Genal y del Guadiaro, unidos para desembocar en el Mediterráneo,
suben agazapadas las raíces blancas y rojizas de la morería.
Paraje ideal para situar a nuestra Carmen.
Gaucín, como todos los pueblos originalmente islámicos,
se caracteriza por sus calles tortuosas y estrechas, con grandes paredes
encaladas, casi sin huecos, que van a dar a plazuelas de forma irregular...
Sin embargo, desde finales del siglo XVII, época de la arquitectura
popular, hay una constante aportación de temas barrocos, con
carácter derivado de una arquitectura culta interpretada por
el alarife andaluz... se advierte la impronta árabe como un
arte -el mudéjar y el mozárabe- con rasgos muy acusados
en los que influyen favorablemente, con un constante leitmotiv, los
materiales y el clima... la piedra de la cordillera se usa esporádicamente,
pero el ladrillo, el ripio y el matacán, el tapial y la cal,
se utilizan exhaustivamente.
Existen en la Serranía zonas y barrios que albergan sobre todo
a moriscos sometidos o mudéjares y judíos, que datan
de la edad media; los primeros fueron sobre todo alarifes, carpinteros
y artesanos dedicados a la cerámica y al hierro y los segundos
más al comercio, sin llegar a una fusión completa de
los tres pueblos, pero conviviendo armónicamente.
En Carmen nos dice D. José que cada componente de la cuadrilla
"simulaba tener un oficio: este era calderero, aquel chalán;
yo era vendedor de mercería".
Un trazado estrecho y sinuoso; plantas altas de las casas que saltan
de un lado a otro de la calle, apoyadas en grandes vigas con jabalcones,
tornapuntas o arcos; la calle, el callejón y el adarve se repiten
y las casas con sus huertos abancalados, corrales y jardines, sin
un plan meditado de urbanismo, van a los lados de estas calles estrechas
e irregulares, difícilmente transitables salvo para peatones
y caballerías.
La casa casi sin contacto con el exterior, es a menudo "cóncava",
en el sentido de que su iluminación y ventilación se
hace desde los patios y pequeños jardines o corrales interiores,
escasos y minúsculos huecos al exterior, mal protegidos de
las inclemencias del tiempo con celosías y postigos, hasta
que se utilizó el vidrio a finales del s. XVI. Pequeñas
viviendas de dos pisos, las crujías de tamaño reducido,
la altura mayor en la planta baja, normalmente el segundo piso utilizado
como "soberao", sobrado o desván.
Escenario único a los fines de los contrabandistas y bandoleros
y en donde Carmen pasaba largas temporadas, lugar, precisamente, "donde
encontré a Carmen, que me había dado cita allí",
nos dice D. José al salir del infierno de Sevilla.
4. La novela
Sobre este marco humano y geográfico,
Mérirmée inscribe su inmortal obra.
El mito de Carmen tomó nombre español, pero por humano,
como todo mito autentico, se ha hecho universal. De contrabandista
en los montes de Gaucín, a mito universal, como Prometeo, Don
Juan... historias en las que intervienen fuerzas fatales.
Aunque participa de la temática amorosa como en Tristán
e Isolda, Romeo y Julieta o la Celestina, Carmen renueva el mito de
la mujer nefasta, teniendo como precedentes a Pandora que abre la
caja de los males; Venus saliendo de las aguas del Guadalquivir en
Córdoba; Diana cruel y vengativa...
En 1845 la novela se publicó en la "Revue de deus Mondes",
y lo hizo sin el capítulo IV, de tema erudito sobre los gitanos;
dos años después ya apareció como novela independiente
con los cuatro capítulos.
Esta estructura desaparece en la ópera de Bizet. En 1875 se
estreno la ópera-cómica (cantado y hablado), adaptación
de la novela, lo que contribuyó a su éxito. Después
de cuarenta representaciones se adaptó todo el libreto al canto,
o sea, a la ópera, en la que las muertes se reducen a una,
la de Carmen. La mediocridad literaria del libreto se compensa con
lo excelso de la música, que hizo exclamar a Nietzsche que
merecía un viaje a España. "La Marcha del Toreador"
y "La Habanera" representan una forma del españolismo
universal.
En España se conoció antes la ópera (en 1881
se estrena en Barcelona y en 1889 en Madrid), pues la novela se traduce
en 1891, aunque hay más de treinta ediciones. Los españoles
de todos los tiempos creyeron ver un insulto en la novela de Merimée,
que, por ejemplo es tratada despectivamente en la canción popular
de Quiroga ("yo soy Carmen de España y no la de Merimée").
Hay versiones de zarzuela, de música de cámara; en la
poesía tuvo resonancia desde Th. Gautier, hasta García
Lorca, pasando por los Machado; tuvo reflejos en la narrativa y Madariaga
la llevó al teatro, Gala a la revista y Saura y Gades a la
danza, mientras Quintero, León y Quiroga popularizaron la crítica
Carmen de España, siendo célebres las expresiones plásticas
de Manet, Doré, Zuloaga y Nonell y sorprendentes las ilustraciones
de Picasso, sin dejar de citar las más de cincuenta versiones
de Carmen para el cine.
Especial mención se ha hecho de las versiones cinematográficas
de Peter Brook, Carlos Saura, Francisco Ros, Jean Luc Godard y Fran
Corsaro [35].
Recientemente, Vicente Aranda está preparando la enésima
versión cinematográfica y he leído en la prensa
que ha visitado Ronda. ¿Se atreverá a ser fiel al texto
original?
Para Menéndez y Pelayo es la perfección de la novela
corta [36].
Luis Cernuda encuentra en ella un deseo de huir de la civilización
y refugiarse en "el perezoso campo andaluz, de rudas pitas, olivos
cenicientos y sendas rojizas por donde cruzan los arrieros con sus
menudos borriquillos" [37], lo que nos acerca más al paisaje
de Gaucín que a la Sevilla urbana.
5. Una aproximación
a Carmen en Gaucín
El desarrollo novelesco tiene lugar en espacios abiertos, aunque los
espacios cerrados tienen un punto de inflexión importante.
Los espacios temporales se desbordan en el Capítulo III, donde
el monte (la sierra de Gaucín) y el propio Gaucín, tiene
un protagonismo espacial y temporal importante, con un ritmo de Gaucín,
Gibraltar, Gaucín, Ronda, Gaucín, Vejer, Gaucín,
Ronda, Gaucín, Gibraltar, Gaucín, Málaga, Gaucín,
Córdoba, Gaucín, Granada, Gaucín, Granada...para
diluirse en Córdoba.
Gaucín y la serranía atraen por su fatalismo.
Para mejor comprender la importancia de Gaucín a lo largo de
la narración, recordemos que el capítulo I, presentación
de D. José, tiene quince páginas, el II, introducción
de Carmen, doce, y el III, nudo del relato, más del doble que
los dos primeros juntos, cincuenta páginas. De ellas, Gaucín
tiene su entrada a la huida de Sevilla y abarca todo el espacio abierto
del relato hasta poco antes del desenlace final. Y, lo que es más
destacable, todo el meollo de la trama: la vida de contrabandista
con el Doncaire, las correrías entre Gibraltar y Ronda, con
los embarques de mercancías inglésas, la muerte de Remendado
en los peñascos, la vida de ladrones de ingléses, la
ida a Gibraltar en busca de Carmen, el episodio del duelo con García
el Tuerto, su muerte, la muerte del inglés, la vida como "rom"
de Carmen durante meses, las idas y venidas de Carmen a Málaga,
Córdoba y Granada, hasta que D. José es asaltado y herido
por los soldados y, después de ser atendido por Carmen, ésta
lo lleva a Granada, donde conoce a Lucas el Picador, causa de la ruptura
y muerte de Carmen a mano de D. José y por la navaja de García
el Tuerto.
Hay 19 topónimos citados en la trama de la novela (en los tres
primeros capítulos), de los cuales, seis son de referencia
(Munda, Madrid, Pamplona, Elizondo, Valle del Baztán y Écija).
El resto son 4 capitales andaluzas (Córdoba, Sevilla, Granada
y Málaga) y 9 pueblos o lugares (Montilla, Sierra de Cabra,
Venta del Cuervo, Jerez, Gaucín, Gibraltar, Estepona, Ronda,
y Vejer). De estos, cinco son citados como lugares de paso y por una
sola vez (Sierra de Cabra, Venta del Cuervo, Jerez, Estepona y Vejer),
apareciendo Málaga como ciudad de trasiego en la última
parte de la novela.
Sólo Gaucín, Montilla, Gibraltar y Ronda son lugares
de reiterada cita, localizaciones de relatos duraderos siendo citada
Gaucín, concreta y expresamente, cinco veces, más que
cualquier otro lugar geográfico.
Tan es así, que en las versiones resumidas, o más o
menos libres, de Carmen, nunca se prescinde de Gaucín. Así,
una antigua y popular Carmen, de F. Luis Obiols, traducida del italiano,
que incluso incluye a Jaén como punto de llegada desde Sevilla,
que prescinde en ocasiones de referencias a Málaga, que moteja
a García de Bizco y que sitúa equivocadamente la corrida
final en Granada, en vez de en Córdoba, no se olvida de Gaucín
-a quien cita expresamente cuatro veces- ni de su entorno [38].
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FIGURA 5 Portada novela de 1904
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En Montilla y Córdoba transcurren
las escenas de los encuentros de Merimée con D. José
y Carmen y sus presentaciones como protagonistas del drama, en los
capítulos I y II, y el desenlace final con la muerte de Carmen,
después de los celos en la corrida de Córdoba donde
torea Lucas, que se sitúa, de forma indeterminada, a una noche
de camino de Córdoba, junto a la Ermita.
Sevilla acoge la primera parte del desarrollo dramático, con
la descripción de las cigarreras, el drama del cuartel y la
muerte del Teniente, que origina la huida de D. José ayudado
por Carmen.
La escena cambia bruscamente y en el ámbito espacial aparece
repentinamente, sin mayor explicación, Gaucín: Carmen
me facilitó un traje de paisano, con lo cual salí de
Sevilla sin ser reconocido. En Jerez... me presentó a Doncaire
(jefe de los contrabandistas), que me incorporó a su banda.
Salimos para Gaucín donde me encontré a Carmen, que
me había dado cita allí.
Lo determinante para nuestra historia es que, de súbito, "Carmen
aparece en Gaucín", lugar que va a constituir el centro
del escenario novelado a partir de la huida de Sevilla, a la que ya
no volverán los actores del drama. No obstante, Sevilla será
la protagonista única de la ópera de Bizet y sus acólitos.
Es, pues, Gaucín, desde entonces, el centro neurálgico
de la novela. Toda la trama fundamental discurre en Gaucín
y en su sierra, a los que se hace referencia en veintidós ocasiones.
Pero no es sólo la referencia espacial, sino que Gaucín
tiene peso específico en la trama y desenlace del mito. Conforme
la tensión trágica va creciendo, el protagonismo de
la naturaleza abrupta de los montes Gaucínenses va in crescendo
y los personajes se sumergen en él.
Por ello, es de lamentar el escenario escogido por Bizet y todos los
seguidores posteriores, y más lamentable la solución
de Távora, pese a sus pretendidas raíces populares.
No es aventurado afirmar que Merimée conocía el lugar
y centra en él el escenario principal de la acción:
el campamento de los contrabandistas-bandoleros. Ya conocemos su relato
de la travesía desde Algeciras a Granada. En todo caso, sí
que asumió el ambiente -como tantos otros datos de su novela-
de los viajeros románticos que habían visitado España,
Andalucía y, concretamente, Gaucín. Recordemos que,
en 1774, el Mayor Dalrymple visita nuestro pueblo, que, desde entonces,
es punto de referencia, como ya he dejado escrito.
No otra puede ser la explicación, junto a las maravillas de
la naturaleza y lo propicio para asentar en nuestro lugar el campamento
bandolero.
Pudo haber continuado la acción, después del episodio
del Teniente, en las afueras de Sevilla, o en las cercanías
de Córdoba, no lejos de Montilla, en la Sierra de Cabra o en
cualquier otro sitio de los mencionados en los capítulos I
y II.
Pero Merimée prefiere romper el entorno y desplazarse al sur
peninsular. Es más, pudo detenerse en la Serranía de
Ronda, con las naturales connotaciones de la creencia de que en sus
cercanías se encontraba Munda -objeto formal del inicio de
su relato- y establecer allí el centro de operaciones, como
sabía que había hecho José María El Tempranillo
(y al que alude, precisamente, D. José cuando relata las correrías
de Carmen en Gibraltar).
Pero no. Merimée escoge Gaucín para centro de "las
correrías", situado precisamente en el camino de Gibraltar
a Ronda. Sus correrías entre Gaucín y Gibraltar eran
frecuentes y Carmen era la "espía ideal" pues "cuando
volvía de Gibraltar" -evidentemente a Gaucín, en
donde Carmen les había citado- "había acordado
con el patrón de navío el embarque de mercancías
inglésas que debíamos recoger en la costa".
Las mercancías, en parte, las ocultaban en las montañas,
y el resto la llevaba a Ronda. Y así una vez y otra. D. José,
que simulaba ser vendedor de mercería, prefería vivir
en el pueblo.
Después de ir a Vejer y rescatar del Penal a García
el Tuerto, el marido de Carmen, ésta "vino con él".
Es claro que a Gaucín, por cuyas laderas, al día siguiente,
se deslizaron huyendo de los jinetes que les perseguían a tiros,
hasta herir al Remendado. D. José lo quiso salvar, cansado
lo dejó al abrigo de una roca y el Tuerto lo remató
de un trabucazo. Don José se lamenta en su relato y cuenta
cómo, agotados aquella noche, durmieron sobre la maleza, mientras
Carmen, a escondidas, jugueteaba amorosamente con él. "Después
de una horas de reposo -continua D. José refiriéndose
a Carmen-, se fue a Gaucín".
Evidentemente, Carmen residía en Gaucín.
Desde allí Carmen les manda viandas: "a la mañana
siguiente vino a traernos pan un cabrerillo. Todo el día permanecimos
allí, y nos acercamos a Gaucín por la noche".
Es notorio que el campamento (en el monte, en la montaña, o
en la sierra) lo tenían cerca de Gaucín, a donde sólo
se atrevían a ir amparados en la oscuridad de la noche.
Se alojarían en una casa de Gaucín, donde Carmen sí
que iba de día, porque de seguro que vivía, que tenía
casa en nuestro pueblo. Y allí "esperábamos noticias
de Carmen". Cuando ésta, a los pocos días salió
de Gaucín con un mulero, disfrazada como hacendada, con sombrilla
y criada, y les dijo que marchaba a Gibraltar para desplumar a los
ingléses, les dejó "indicado un lugar donde podríamos
encontrar cobijo por unos días", lo que es lógico
pensar que era en Gaucín.
"Me voy a Gibraltar..." lo que indica que se separaron en
las cercanías de Gaucín y ella dejaba su refugio en
el pueblo.
Es más, estoy convencido de que Carmen era oriunda de Gaucín;
si no, no se explica que una persona de su belleza se paseara por
sus calles sin levantar habladurías, sospechas, interrogantes
entre el vecindario y entre las tropas empeñadas en terminar
con el bandolerismo que azotaba la zona. En Gaucín tendría
sus padres, sus familiares y una casa, donde sería acogida
y desde la que se desplazaba en sus correrías y las de sus
amigos, conocedora como era de los vericuetos que descendían
hasta el Genal y subirían por los caminos de la sierra Crestellina
para llegar por Casares hasta Manilva o Estepona a recoger los embarques,
o bajarían hacia Gibraltar por el Guadiaro.
Tampoco tiene otra explicación el que, al salir de Sevilla,
D. José fuera citado por Carmen en Gaucín. Sólo
se entiende esta cita tan lejana, si Gaucín es el lugar de
nacimiento o de habitual residencia de la gitana.
Merimée escogió Gaucín, no sólo por ser
centro geográfico de las correrías, sino, principalmente,
porque Carmen era de Gaucín, y así se lo contarían.
Continúa el relato novelesco.
Desde Gibraltar, Carmen empieza a avisarle de las subidas "por
el camino de Gibraltar a Granada" (precisamente el que atravesaba
Gaucín, por la antigua calzada romana) de los "milores"
ingléses y ellos los atacaban y robaban.
Hubo un pequeño cambio de campamento, ante el temor de que
por los continuos robos fueran descubiertos, por lo que no era favorable
estar tan cerca de Gibraltar y "nos adentramos en la sierra de
Ronda", a la búsqueda de un refugio en la zona más
abrupta.
La situación volvió a cambiar, pues Carmen no daba señales
de vida y decidieron que D. José fuese a buscarla, a través
de la Rollona, a Gibraltar, por lo que
[...] decidimos los tres que saldríamos para la Sierra de Gaucín,
que dejaría allí a mis dos compañeros (Doncaire
y García) y que iría a Gibraltar como vendedor de frutas.
En Ronda un hombre nuestro me facilitó un pasaporte; en Gaucín
me entregaron un burro: lo cargue de naranjas y melones y me puse
en camino.
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FIGURA 6. Burro en calle de Gaucín
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Nuevamente, pues, el campamento en Gaucín [39].
Ya sabemos las peripecias de D. José y Carmen en Gibraltar,
y los deseos de ésta de volver a Gaucín, "de huir
a la sierra"; lo que don José entiende como el paroxismo:
"¡Qué ternezas!... y después ¡qué
risas!... y bailaba y desgarraba los faralaes: ni un mono hizo jamás
más piruetas, gestos y travesuras"
Cuando D. José marchó de Gibraltar nos dice que "encontré
a Doncaire y a García esperándome" (en Gaucín,
donde ya sabemos que los había dejado al volver de Ronda).
Pasaron la noche en un bosquecillo de piñas y tiene lugar una
de las escenas más dramáticas de la novela: el duelo
de D. José, comido por los celos, con García el Tuerto,
a la luz de los reflejos de la hoguera, que se describe con objetivo
dramatismo y que resultó ser inútil pues, como le dijo
Doncaire "si le hubieras pedido a Carmen, él te la habría
vendido por una piastra".
Hubo otro cambio: "Enterramos a García y nos fuimos a
poner el campamento doscientos metros más lejos".
El día siguiente, por allí pasó Carmen con su
inglés, los muleros y criados. Y D. José se encargó
de matarlo pavoneándose ante su amada, libre ya de su matrimonio,
lo que es acogido por Carmen con desinterés y con malos augurios,
pues a García le había llegado su hora, pero "¡Ya
llegará la tuya!".
De todas formas, desde entonces, empieza una nueva vida para D. José
y Carmen, en las cercanías de Gaucín, hasta que se precipita
el desenlace final.
La vida que llevábamos duró bastante tiempo. Durante
varios meses estuve contento con Carmen; continuaba siendo útil
para nuestras operaciones (contrabando, robos), informándonos
sobre los buenos golpes que podíamos dar. Estaba unas veces
en Málaga, otras en Granada, otras en Córdoba, pero
a una palabra mía, lo dejaba todo y venía a encontrarse
conmigo en una venta aislada e incluso en el vivac.
Surgió el problema de Málaga (nuevamente los celos)
y discutieron. Los reconcilió el Doncaire. Al poco tiempo,
los sorprendió la tropa y en la refriega murió el Doncaire
y salió mal herido D. José, que fue ocultado en una
cueva (de las cercanías de Gaucín) hasta que, llamada
Carmen, "acudió inmediatamente... durante días
no se apartó de mí... en cuanto pude sostenerme en pie,
me llevó a Granada".
Aquí termina el escenario Gaucínense, donde, entre otros,
quedaron los cadáveres de García el Tuerto, marido de
Carmen, y el Doncaire, jefe de la banda de contrabandistas. Después
todo se precipita...
José reanuda su vida deshonrosa, Carmen conoce en Granada a
"un picador muy diestro, llamado Lucas", se enamora, surgen
de nuevo los celos en D. José, descubre éste que Carmen
va a Córdoba a verse con Lucas. Discuten, se van juntos, cabalgan
toda la noche sin cruzarse la palabra y se bajan en una "venta
aislada, cerca de una ermita pequeña". Discuten, él
le suplica que se vayan a América, ella se niega, le recuerda
que sus destinos están escritos: "Primero yo, después
tu, sé perfectamente que así ha de ocurrir". José
encarga una misa al ermitaño "por un alma que quizá
va a comparecer ante su Creador". Vuelve a discutir ante el barreño
lleno de agua de plomo. Nuevamente cabalgan: "Te sigo a la muerte,
pero no viviré más contigo". Se paran en una garganta
solitaria, Carmen se baja fríamente. Nuevas suplicas y nuevas
negativas:
Déjame salvarte... ya no te amo... tienes derecho a matar a
tu rumi, pero Carmen será siempre libre. Nació calli
y morirá calli... quieres a Lucas?...Lo he querido, sí,
un instante, como a ti... (nuevas suplicas)... Quererte aún
es imposible. Vivir contigo, no quiero... Saqué la navaja...
era la del Tuerto. Cayó al segundo navajazo, sin gritar. Creo
estar aun viendo sus grandes ojos negros mirarme fijamente, luego
se nublaron y se cerraron.
La tragedia está consumada. Ha nacido el mito de Carmen. Y
Gaucín ha sido un escenario principal en el desarrollo del
drama.
En cuanto a la ópera, en donde se suprimen la muerte del Teniente,
Carmen hace desertar a D. José con el señuelo de "cuando
veas/ qué hermosa es la vida errante/ el universo por país,
tu voluntad por ley, / y sobre todo ¡la embriaguez/ de la libertad!
¡La libertad!", con lo que cae el telón del Acto
Segundo, para dar paso al Tercero, cuya escena se describe en el libreto
con estas sugerentes palabras: "El telón se levanta sobre
una peñas... lugar pintoresco y salvaje...". Es todo.
La obra vuelve a Sevilla y el último acto discurre en la plaza
de toros, donde Carmen encuentra la muerte.
Pese a ello, ha de afirmarse que Carmen no es una mujer urbana, aunque
el inicio de su historia esté unido a su condición de
mujer obrera, cigarrera de Sevilla. Carmen, sobre todo, es una mujer
de pueblo y sus supersticiones, sus vericuetos de mujer peligrosa,
van anudados a los terrenos serranos, donde su esencia telúrica
estalla cromáticamente, a la vez tierna y apasionada.
Aunque es verdad que su dimensión universal va más allá
del tiempo y del espacio, lo que le haría encajar en cualquier
geografía del Sur de España, su tejer y destejer, sus
caprichos amorosos, sus volubles arrebatos, la encuadran perfectamente
en el agreste y bravo escenario de Gaucín y su Serranía.
Sus correrías son más propias del salto de una a otra
roca para bajar desde Gaucín a Gibraltar, lecho endurecido
y a la vez suave como flor de mandrágora, donde las fantasías
sexuales de los hombres que la rodean toman corporeidad cumplida.
El proceso de autodestrucción, en la vorágine de las
fantasías sexuales masculinas, continúa en estos parajes.
Y no es necesario retornar a Sevilla -cuya imagen literaria había
sido fraguada en el Siglo de Oro español- para desgranar lo
que resta de drama. En la novela de Merirmée el relato final
no abandona los escenarios montañosos y solo Bizet lo encaja
en Sevilla, llevándolo asimismo Távora a la efectista
arena del ruedo.
Las angostas veredas, los tortuosos caminos, los desfiladeros de la
Serranía, se bastaban para escenificar el drama que la inconstancia
de la gitana trenzó ante el payo vasco, encelado y posesivo,
lo que le hizo enredarse en la garrocha del picador, como pudo haber
apresado en sus redes a un simple arriero, al matutero vigoroso que
se hubiera topado en sus vericuetos desde Gibraltar, al fogoso contrabandista
que subiera de Manilva para descansar en su aliento carmesí
antes de anochecer en el Arrabalete, o al cabrerillo de Gaucín
que les bajaba el pan a diario.
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FIGURA 7. Contrabandista de Dore
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Las soledades de los campos serranos,
sólo temblorosas de ecos perdidos, son propicias para el espíritu
de unidad y solidaridad que impregna el hacer aventurero de Carmen,
así como para envolver su enigmático proceder, como
una llamada de su sangre de gitana.
No encuentro mejor escenario para una vida de mujer pobre y gitana
que pretende ser ella misma sin ataduras, para una historia de amores
y celos, de delirios anticipados en el tiempo sobre la libertad femenina,
de reto hacia su propio pueblo al unirse a un hombre que no es de
su raza.
En vez de volver al amanerado espacio de una cárcel sevillana
o al coso de purpurado albero, bien merecía la pena que la
sangre corriese, una vez más, por los Prados de León,
las Limas, o las Piedras de Río, desde donde es fácil
salpicar las tranquilas aguas del Genal.
No hay una Carmen de España.
Ni una Carmen de Mérirmée.
Pero, en todo caso, debería recordarse una Carmen, la de Gaucín
NOTAS:
[1] Como decía M. Alvar
en "Repartimientos malagueños", EPA, 2000.
[2] R Buenaventura, en la Nota Preliminar de su traducción
de Carmen de P. Merimée, Editorial Hiperión, Madrid,
1986.
[3] Tomado del folleto "Andalucía solo hay una" editado
con ocasión del Día Mundial del Turismo'99. Web: http:
//www.andalucia.org.
[4] Editado por La Cuadra de Sevilla, concertada con el Instituto
Nacional de Artes Escénicas y Música y la Consejería
de Cultura de la Junta de Andalucía, por J. de Haro Artes,
Gráficas S.L., sin fecha.
[5] Gunter Grass, en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura.
[6] "El tambor de piedra", El País Semanal, 1235,
28 de mayo de 2000.
[7] "La guía fotográfica y el ferrocarril como
fin de viaje romántico", en el catálogo "La
Andalucía de Laurent", editado con motivo de la exposición
organizada por el CAF de la Consejería de Cultura de la JA
en 1998.
[8] "Actitudes inglésas ante la Andalucía romántica",
en J. Mª Alberich, La imagen de Andalucía en los viajeros
románticos y homenaje a Gerald Brenan, Diputación Provincial
de Málaga, 1987, págs. 23 y sigs.
[9] "La imagen...", págs. 13 y sigs.
[10] Por todos, C. García Romeral Pérez, Bio-bibliográfia
de viajeros por España y Portugal (Siglo XIX), Ollero y Ramos,
Madrid, 1999.
[11] "Travels Through Spain and Portugal", consultado en
la Biblioteca del Instituto de Estudios Gineneses, gracias a la atención
de Salvador Contreras, pendiente siempre de ofrecerme, de las adquisiciones
que realiza el IEG, las novedades que afectan a Gaucín.
[12] loc. cit., págs. 549-551.
[13] Reproducido en J. Brinchkman, Paseo por España, Cátedra,
Madrid, 2001, pág. 244.
[14] Pueden consultarse Jacob (Viajes por el sur de España,
1811), Gautier (Viajes por España, 1840), Borrow (La Biblia
en España, 1842), Quentin (Guía del viajero en España
y Portugal, 1850) y Devalliers (Viajes por España, 1862).
[15] Ediciones Turner, Madrid, 3ª edición, 1988, págs.
45-47. En la pág. 131 reproduce el grabado de Roberts que citamos
y reproducimos en el texto.
[16] En Jábega, núm. 75, Elena Echevarría publicó
un artículo, "La Málaga del XIX vista por las Viajeras
Francesas", que, aunque ceñido a las visitas a la capital,
nos pone sobre la pista de las viajeras que pasaron por nuestras tierras.
Cita, entre otras a Valeri de Gasparín (Andalusie et Portugal,
1866), Madame C. De la B. (Impressión de voyage dúne
Pasrisienne en Espagne, Alagrie et Italie) y Jane Fancy (Quelques
jours en Espagne et en Argerie).
[17] Paseos por España, Cátedra, 2001, págs.
247.249.
[18] Estudio preliminar a Carmen, Ediciones Cátedra, Letras
Universales, Madrid 1997, pág. 13.
[19] Mérirmée, "Correspondance générale",
citado por I. Hempel-Lipschud, Andalucía, de lo vivido a lo
escrito por tres románticos franceses: Chateaubriand, Mérirmée
y Gautier, pág. 81.
[20] A la muerte de Fernando VII, en septiembre de 1833, año
en el que Roberts visita a España y recorre la Serranía
dibujando a Gaucín, el regreso de los exiliados marca el inicio
del romanticismo español.
[21] Los reproduce la Revista El Eco de la Serranía, Edinexus,
1955, 1, págs. 11 y 12. En el artículo de J. Mª
Sánchez Robles, "La visión romántica de
Ronda", con edición gráfica de Carlos Serrano.
También se ve el itinerario del pintor sobre un mapa de los
reinos de España y Portugal, realizado por el Brigadier Francisco
Javier de Cabanes en 1829.
[22] Loc. cit.
[23] I. Rupérez, "El orientalismo en un país orientalizado",
ARTE, 11, 2000.
[24] Según W. Rincón García, en El Prado. Colecciones
de Pintura, Lunwerg Editores, 1994, págs. 527-639, Pérez
Villaamil puede considerarse como el iniciador del orientalismo en
España, cuyos otras excelentes representantes fueron Francisco
Lameyre, Mariano Fortuny y Antonio Muñoz Degrain, según
puede verse en el artículo citado en la nota 32. También
he visto reproducido el cuadro en Internet, la pagina http://www.artehistoria.com/genios/cuadros.htm
y disponible en la Colección "Genios de la Pintura"
de Ediciones Dolmen.
[25] En el Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, Cuba. Lo contemplé
en la exposición de Paisajes europeos y cubanos de los siglos
XVII-XX, de Jaén, marzo-2001 y en el Catálogo editado
por la Fundación Unicaja.
[26] Los grandes momentos del Arte. 10. Razón y Sentimiento.
Arte neoclásico y romántico, Dolmen, 2001, CD-Rom.
[27] J. E. Arias, "Relaciones entre David Roberts, Villaamil
y Esquivel", Goya, 158, sep-oct. 1980, págs. 66-73.
[28] "El siglo XIX: del neoclasicismo a la Industria", en
Historia del Arte de España, Lunwergs Editores, 1996, pág.
379 y sigs. El cuadro de "El Castillo de Gaucín"
de Villaamil se reproduce en la página 395 y se data en el
año 1848.
[29] Loc. cit., págs. 394-395. Después de este evocador
pasaje, Reyero cita al pintor madrileño, seguidor de Villaamil,
y su obra "Contrabandistas en la serranía de Ronda"
(Sevilla, Museo de Bellas Artes), de 1860.
[30] Por todos, "La imagen...".
[31] "Comedia famosa de Juan de Dios y Antón Martín",
en Obras completas, III, Águilar, 1990, pág. 430.
[32] En "El sur del Sur", en El Viajero EP, 11 de febrero
de 2001.
[33] En palabras del pintor tarifeño Chema Cobo, en El País
Andalucía, 27 de mayo de 2001, pág. 9.
[34] L. Feduchi, "Itinerarios de arquitectura popular española.
4. Pueblos Blancos", Blume, Barcelona, 1986, pág. 184.
[35] I. Hempel-Lischud, en "La imagen...", págs.
88-89. Ver, en especial, "Carmen. El sueño del amor absoluto",
Carlos Saura y Antonio Gades, con dibujos de Antonio Saura, Círculo
de Lectores, Madrid, 1984.
[36] "Historia de las ideas estéticas en España",
CEIS, Madrid, 1974, pág. 875.
[37] Prosa Completa, Barral, Barna, 1975, pág. 1287.
[38] Casa Editorial Maucci, Barcelona, Buenos Aires y México,
1904, Colección "Novela Popular".
[39] También M. Vazque González, "El toro de Cuerda.
Gaucín", Acento Andaluz, Málaga, 2001, pág.
129, establece el marco geográfico del que denomina "cuento"
en Gaucín: "Siguiendo el hilo del relato se intuye que
posteriores acontecimientos de la vida de los protagonistas [...]
ocurrieron en la Sierra de Gaucín, aunque explícitamente,
en el relato de los referidos acontecimientos no figure el nombre
de la población. La hipótesis está basada en
la continuidad cronológica y lógica de los hechos contados
por Merimée".
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