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El Carnaval
En
Gaucín, el carnaval tiene una larga historia aunque
tengamos pocos datos para conocer con exactitud sus orígenes.
Sabemos por la tradición y por la transmisión
oral de padres a hijos que los carnavales se celebran desde
antiguo. Los datos documentales que tenemos nos hablan de
ello refiriéndose a la prohibición realizada
por el Duque, en 1716 y 1717, para todo el estado de la Casa
de Medina Sidonia, en correspondencia a la Cédula Real
por la que Felipe V dio orden de suspender éstas fiesta.
Por tanto y siguiendo este hilo conductor, intuimos que los
carnavales fueron recuperados de la tradición más
antigua, con la llegada de los italianos, franceses y hombres
de artes a Sanlucar de Barrameda, allá por los primeros
años del siglo del Siglo XVI.
La vinculación de Gaucín, durante más
de 350 años, a la Casa de Medina Sidonia y la protección
que el Duque le dio, en los inicios de esta adscripción,
haciéndolo plaza de armas de las tropas de Granada
(1), han influido de manera clara en muchas de las costumbres
y acontecimientos culturales de nuestro pueblo. Así
no es de extrañar que Gaucín sea el único
pueblo malagueño que celebra la Fiesta del Toro de
Cuerda (2), mientras son varios los municipios gaditanos que
festejan acontecimientos taurinos de esta índole.
Otro
acontecimiento cultural de influencias muy "piconeras"
son los Carnavales. Los de Gaucín, en base a los actos
y actividades que se desarrollaban, a la forma de hacer y
similitud con los de la costa atlántica del sur, hay
que situarlos más en el colorido y tradiciones de La
Bahía de Cádiz que en los del resto del país.
En general, los carnavales tienen un origen antiquísimo
muy anterior a la era cristiana, pues se celebraban en Grecia.
En su origen estaban relacionados con ritos tradicionales
de invierno, ligados con la fecundidad de la tierra. Las manifestaciones
de risa y máscaras estaban destinadas a alejar a los
espíritus malignos. Para evitar, con ello, influencias
perniciosas en la germinación de las cosechas y en
las próximas crías de ganado.
Con la llegada del cristianismo y la celebración de
la Cuaresma, periodo de recogimiento, meditación, penitencia,
ayuno, abstinencia y otras recomendaciones destinadas a vivir
intensamente una etapa anual de espiritualidad, el pueblo
recondujo la fiesta ancestral y, adaptándola, la convirtió
en una fiesta pagana antes de dar comienzo a un periodo de
cuarenta días con escasas licencias mundanas. Por tanto
de su origen solo podemos decir que trasciende a los años
posteriores a la conquista castellana.
Los carnavales siempre han surgido como manifestaciones espontáneas
del pueblo sin que aparecieran instituciones u organizaciones
que las ampararan o canalizaran. Son los vecinos del pueblo
quienes coincidiendo con el inicio de la cuaresma se manifiesta
a través de máscaras, murgas, comparsas, bailes
y otros regocijos bulliciosos para celebrar una fiesta popular.
Estas manifestaciones tenían un fundamento de ruptura
con las costumbres más arraigadas de la sociedad. Su
expresión consiste en reírse, burlarse y satirizar
a la comunidad por lo realizado, o dejado de realizar, durante
el año inmediato anterior, así como liberarse
e inhibirse de tabúes y continencias verbales y psicológicas
y carnales.
Los carnavales de Gaucín se desarrollaban alrededor
de siete agrupaciones representativas distintas: las comparsas;
los cruces; los bailes; los moros; las grullas; el columpio
y los juegos de compadres.
Las
comparsas eran grupos carnavalescos
compuestos de seis a nueve personas vestidas todas con el
mismo disfraz. Iban por las calles, casas y bares cantando
sus composiciones satíricas sobre lo sucedido en Gaucín
durante el año anterior. En las casas se les solía
dar una propina y algún chato con tapa o copa de aguardiente
y merengue (suspiros). Cuando dos comparsas se encontraban
en el recorrido callejero, se establecía una competición
de cánticos que los vecinos allí agrupados les
hacían de jurado, dando vencedora a aquella con más
gancho en el repertorio. A ésta competición
se le denominaba Cruce.
Los bailes
solían hacerse por las noches. A ellos acudían
todos vestidos de máscaras (bailes de máscaras)
con abundancia de papelillos y confetis. Estos bailes de máscaras
se celebraban en las casas particulares o en locales habilitados
al efecto; como El Metro, sito en la calle del Convento (antiguo
Correos); La posada de la calle Los Bancos; El Casino (Bar
Molina) o el Salón Las Tablas, en la calle Toledillo
(3).
Había, sin embargo, algo específico del Domingo
de Piñata: Los
Moros y las Grullas.
Los Moros
eran unos señores que, disfrazados de tales, recorrían
el pueblo a caballo, en carreras más o menos alocadas
según el nivel etílico del protagonista.
Las Grullas,
disfrazadas por el estilo, recorrían el pueblo a pie,
dando gritos -a lo que debe aludir el nombre-, bombardeando
a todos con papelillos y soportando los tomatazos y otros
proyectiles similares de la chiquillería que le seguía
entusiasmada (4).
El
columpio se realizaba en
los patios y jardines de las casas. Se trataba de un acto
social para jóvenes, realizados a la hora de merendar,
donde las muchachas con su disfraz iba subiendo al columpio
por riguroso orden y eran empujadas por los chicos. Este acto,
organizado por las tías y abuelas de las chicas, con
el beneplácito de las madres, estaba encaminado a dar
a conocer a la juventud procurando con ello el inicio de un
noviazgo y consecuentemente un casamiento de futuro. En este
evento se agasajaba a la concurrencia con un refrigerio compuesto
de limonada, palomita de anís, suspiros y roscos de
almendra o roscos de vino.
De la época es la coplilla cantada por los jóvenes
y contestada por las muchachas:
A la que está en el columpio le digo pa que lo entienda que se tape, que se tape que se le ven las piernas.Las chicas contestaban si se me han visto las piernas no es ninguna cosa rara que la carne de las piernas es carne como la cara. |
Los Juegos de Compadres consistentes en obsequiarse con regalos un grupo par de mozos y mozas, siendo necesario que hubiese igual número de hombres que de mujeres. Los regalos de los mozos eran depositados en un cesto y el de las chichas en otro. De esta manera todos se aseguraban un regalo aportado por persona del sexo contrario. Se producía un sorteo, generalmente amañado, para hacer coincidir, mediante el obsequio, a la chica con el joven que previamente ella había elegido o por aquel que tenía preferencias. Una vez que "el sorteo" había configurado las parejas, estas tenían licencia para ir juntas al baile de la noche.
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