RIO DE ORO (Dictamen sobre un expediente. Por Francisco Cañamaque, Subsecretario del Ministerio de la Presidencia).

Presidencia del Consejo de Ministros

Francisco Cañamaque Jiménez

Esta Subsecretaría ha estudiado detenidamente el informe elevado a la superioridad por el Comandante del vapor de guerra Vulcano acerca de las recientes posesiones españolas en la Costa del Sahara, y sobre todo acerca de la factoría establecida en Río de Oro. En este informe, que guarda perfecta analogía con el emitido anteriormente por el Comandante de la goleta Caridad, se hacen apreciaciones que revelan algún estudio de aquellos parajes y se aboga en definitiva por su inmediato abandono.

Atendiendo solamente a las condiciones físicas y climatológicas del país, sin tener en cuenta otras condiciones especiales y de gran peso, el Comandante del vapor Vulcano expone razonamientos juiciosos y no despreciables. Con efecto, aquel territorio, que ocupa precisamente la mitad del frontón litoral del gran desierto del Sahara, está desprovisto por ahora de las condiciones necesarias para formar una buena colonia.; apenas hay agua, y por tanto escasea la vegetación y el número de habitantes, merced a las cuales pueda algún día desarrollarse la riqueza del país y resarcir a la Metrópoli de los gastos hechos para implantarla.
Es también cierto que el núcleo de población más inmediato, que es el pequeño Adrar, se halla a cuatro o cinco jornadas al Sudeste, el Grande Adrar, más poblado, a unas quince; que sus moradores hacen algún comercio con las posesiones francesas del Senegal, y que no es tan fácil convencer a gentes desconfiadas a que emprendan otra nueva ruta comercial, cambiando lo cierto y acostumbrado por lo dudoso y desconocido.

Respecto a la compañía hispano-africana, que no fue la que agregó a España el territorio en cuestión, ni es dueña de él, las apreciaciones del Comandante del Velasco son bastante justas, en cuanto al conocimiento que demostró al implantar la factoría sin dotarla del capital necesario para su desarrollo. Pero el informante, con sincero patriotismo, sin duda, exagera las malas cualidades de la factoría, influido quizás por la soledad que presenció durante algún tiempo, inmediatamente después del ataque y desgracias ocurridas en Río de Oro; y puede asegurarse de una manera terminante que el clima de Río de Oro es de los menos insalubres de toda la costa africana occidental.
El interior del Sahara, según el testimonio de los viajeros que lo han visitado, no es todo él aquella planicie arenosa legendaria, en donde las desesperadas caravanas quedan enterradas por los torbellinos que levanta el simoun y cuyos cadáveres destrozan las hienas, únicos habitantes de aquella región desolada.

En él existen montañas, y aún cordilleras de cierta elevación; hay valles donde la vegetación prospera, aparte de los frondosos oasis; viven pueblos de diferentes razas; y cerca de su extremo Sur se encuentra Timbuctú (Tumbuctú), emporio del Sudan occidental. Entre esta ciudad y la factoría de Río de Oro están los mencionados distritos de Adrar (donde hay vegetación, agua, mayor número de habitantes y mejor país, como se sabe por los viajeros Vincent, Panet y Bu-el-Maghdad): el Adrar se halla en camino frecuentado por las caravanas, que salen de Timbuctú y pasan por Ualata; que desde aquel distrito se encamina al Senegal, donde cambian sus productos con los comerciantes franceses, siendo más corto y fácil dirigirse a Río de Oro, en cuyo trayecto encuentra mejor manera de mantener sus ganados. Y por último, según noticias fidedignas, han empezado ya transacciones mercantiles de cierta importancia, mucho mayor de lo que pueden soportar los recursos de la factoría, y que debidamente y con buena fe explotadas, ofrecen éxito satisfactorio.
El Comandante del Vulcano no ha tenido en cuenta ciertas consideraciones de más elevada índole, las cuales hacen, no solo disculpable, sino conveniente y necesaria la ocupación de aquel territorio por parte de España.

Hace mucho tiempo que las Sociedades geográficas de Francia han movido la opinión pública de su país y conseguido que entre en las miras de sus Gobiernos sucesivos la unión de la colonia del Senegal con la de Argel, rodeando por el Sur al imperio de Marruecos, sujetándolo y poniéndose en condiciones de cercenarle cuanto territorio pueda, el día no lejano de su desmoronamiento. Para ello aconsejaban esos periódicos profesionales que desde Argel se menudeasen hacia el Sur las expediciones, se prolongase el ferrocarril a través del desierto, y que al mismo tiempo se dilataran sus posesiones del Senegal, corriéndose por el Norte, para lograr más pronto el suspirado enlace.

España, amenazada por aquel peligro, como lo sería la excesiva preponderancia francesa y su mayor extensión en Marruecos, tuvo el buen acuerdo de establecer una solución de continuidad, declarando española la costa del Sahara, con lo cual evitó sin gran sacrificio el primer golpe; y ahora está en vías de proseguir su marcha hacia el Norte, completando la obra de esta manera.
Mirando a tal designio, importaba poco el que no fuesen las condiciones físicas del país adquirido tan buenas como se hubiera deseado, aunque no tan malas como supone el informante, sobre todo desde el punto de vista mercantil.
Otra consideración capital para ocupar aquella costa era la seguridad y protección que siendo española puede ofrecer a los pescadores canarios, los cuales viven desde hace siglos de la pesca en aquellas aguas, considerándolas como propiedad exclusiva, cosa que no podrían pensar desde el momento en que los franceses hubieran extendido por el Norte la colonia del Senegal.
Aparte de las consideraciones expuestas, no podría España, sin mengua de su decoro y del prestigio de sus estadistas, abandonar puestos que acaban de tomarse con miras colonizadoras y mercantiles, como se ha notificado formalmente a las potencias extranjeras.
Esta Subsecretaria opina, en resumen, que deben conservarse las nuevas adquisiciones; pero limitando su ocupación a solo dos o tres puntos por sus buenas cualidades marítimas en una costa dilatada donde apenas existen puertos de regular comodidad: estos puntos son Río de Oro, en primer término, bahías de Cintra o de San Ciprián, y bahía del Galgo en el Cabo Blanco, la cual por cierto está en litigio con Francia, que trata de reivindicar su posesión.
Que no deben hacerse gastos excesivos, pero sí apoyar y estimular en varios conceptos a las empresas particulares, por si consiguen atraer allí el comercio de Adrar y aún del Sudan, que es el más importante: las mismas empresas buscarán las aguas potables y pondrán su atención en este asunto si ven seguro porvenir en la factoría
Madrid 21 de Enero de 1886

Nota.- Dibujos del libro original de Francisco Cañamaque: Las Islas Filipinas, de todo un poco.