EL CHOCOLATE QUE TOMABAN LOS JESUITAS EN 1701

Francisco Cañamaque Jiménez

 

Reinaba en España el señor rey C. Felipe V, nieto del célebre Luis XIV. Eran los tiempos felices en que la península española, después de haber sido un pueblo de aventureros y mendigos, vino a reducirse, mediante el reinado del imbécil Carlos II, a un inmenso convento de frailes y jesuitas.

Estos últimos dominaban en toda la línea, medraban en todas partes, intrigaban en todos los palacios, hacían valer su influencia decisiva en todos los casos y circunstancias. Eran los amos de las conciencias; y como las conciencias en los principios del siglo XVIII no habían recibido aún la luz brillante de la razón y la Enciclopedia, dicho se está que imperaban cual monarcas absolutos. Su voluntad era la ley, sus caprichos mandatos, sus perfidias alta política, sus egoísmos razones de Estado. Fuera de la Compañía de los discípulos de Ignacio de Loyola no había nada, ni nada se hacía.

Murmuraban ya contra ellos no pocos frailes y obispos, pero murmuraban inútilmente. Las raíces que echaran durante el gobierno de Carlos II no podían ser arrancadas de cuajo en un día. Además, los jesuitas eran más listos que sus enemigos. Se defendían bizarramente, y la victoria coronaba todas sus empresas.
¿Pero todo esto -dirá el lector- que tiene que ver con el chocolate que gastaban los jesuitas en 1701?

Me explicaré, no es cosa de decirlo todo de un golpe y a las primeras de cambio.

Esta influencia de los jesuitas españoles, alcanzaba también a aquel poderoso imperio colonial conocido entonces con el nombre de Indias. Gobernaban allí como en su propia casa. Todas las naves les traían ricos presentes y obsequios cuantiosos arrancados a la candidez para ser ofrecidos a la avaricia insaciable de los jesuitas. Estos pagaban un favor con otro favor, sostenían allá a sus agentes y paniaguados; iban viviendo, comiendo medrando conservándose y defendiéndose.

A nadie chocó jamás -entonces no chocaba nada que afectase a los huéspedes de los conventos- la frecuencia de los obsequios que para ellos conducían las naves de Indias. Descargabanse con todo el cuidado del mundo, los empleados más piadosos los hacían llevar a su destino, y nunca sucedió nada de particular. Era el pan de cada día, lo usual y corriente.


Ocurrió, sin embargo, en 1701, que al descargar en Cádiz las naves que acababan de llegar del largo y penoso viaje de Indias, se encontraron ocho grandes cajones, cuyo rótulo de consignación decía:

Chocolate para el reverendísimo
Procurador general de la Compañía
de Jesús.

Hasta ahora esto no tenía nada de extraño; era uno de tantos obsequios, un regalo más que la piedad de los indios ofrecía a los jesuitas. El empleado director de la descarga de las naves vio el rótulo, no se hizo cruces -cuando más, haríasele la boca agua pensando en la calidad del chocolate,- y mandó a los mozos que cogieran los ocho cajones.

Aquí fue Troya.

Los tales cajoncitos pesaban de manera que los mozos no podían con ellos. Hicieron un supremo esfuerzo, sudaron el quilo, y los cajones sin moverse. Llamaron a otros compañeros en su auxilio, y después de no pocos prodigios de energía muscular lograron levantarlos. ¡Pero como pesaban! Como nunca se necesitaron tantos mozos para manejar cosa relativamente de tan poco bulto, la noticia circuló en medio de la general extrañeza. ¿Qué chocolate será éste, se preguntaban, cuando encargos de mucho más peso han sido descargados por menos hombres? Entró todo el mundo en vivísima curiosidad, y en el almacén de Cádiz abriéronse uno de los ocho cajones.

No vieron en él más que enormes bolas de chocolate, colocadas unas sobre otras.
Tomaron en las manos una, cuyo excesivo peso los dejó sorprendidos; tomaron otra y otra, y con todas les sucedió tres cuartos de lo propio: Pesaban más que las flaquezas y pecados de los reverendos a quienes venían consignadas.
¿Vamos a romper una? -dijo algún impío dirigiéndose a los circunstantes.
-Vamos,- respondieron todos- que no hay aguijón menos escrupuloso que el aguijón de la curiosidad.
Tomaron de nuevo una de las bolas, y procedieron a romperla. Opuso resistencia, pero saltó la capa de chocolate que la cubría, recia de un dedo, y vieron dentro una gran bola de oro.

La misma prueba fueron haciendo con otras, y con todas les sucedió igualmente.
¿Qué tal el chocolate de los jesuitas?
Dióse a Madrid la noticia de lo que ocurría y, a pesar de su prestigio en la opinión, los reverendos pasaron un mal rato. Habían sido descubiertos. Circularon hablillas y rumores contra hombres que se permitían tomar de contrabando semejante chocolate, y cuando fueron avisados para que se presentaran a reclamar, no despegaron sus labios.

Políticos sagaces se guardaron bien de reivindicar tan preciso chocolate, prefirieron perderlo a confesar que era suyo. Protestaron de que en el rótulo puesto en aquellos cajones llenos de oro se había hecho injuria a su pobreza; protestaron de que no sabían lo que tal equivocación significaba; y tan tercos y perseverantes fueron en sus negativas, que el oro quedó confiscado en beneficio de la real cámara.

Figúrese el pío lector qué terrible disgusto no experimentaría el rey Felipe V, viendo entrar por las puertas de su palacio nada menos que ocho grandes cajones llenos de bolas de oro.

Chasqueados salieron esta vez los astutos jesuitas; empero debemos suponer que, a pesar del fracaso, no les faltaría oro ni chocolate.

Nota:
Las fotos proceden del Museo del Chocolate de Astorga. Planta y fruto de cacao, molino. Cartografía de Cádiz (1838). Museo Naval