D. Pascual Madoz (Nota de la web)

Nació en Pamplona (1806). Abogado en ejercicio de los industriales barceloneses, se convirtió en su fiel defensor durante el periodo que estuvo ocupando un escaño en el parlamento. Diputado desde 1836 a 1856.
Posteriormente fue nombrado Gobernador de Barcelona.

Durante su estancia al frente del Ministerio de Hacienda presentó el proyecto de ley de desamortización civil y eclesiástica. Tras la revolución de 1868 y siendo Gobernador de Madrid se le encomendó para que ofreciera la corona de España al futuro rey Amadeo I.

Es uno de los pioneros de la estadística en nuestro país. Su obra más importante es el famoso Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar (1845-1850).



Perfil de Madoz
(Por Francisco Cañamaque)

Feo como él solo, ilustrado, terco y progresista.
Distinguíase su elocuencia por lo enérgicamente patriótica.
Quejándose en tiempo de la primera guerra civil de la situación de España, exclamaba con furia:
<< ¡El Gobierno es el que tiene la culpa de todos los males! La primera reforma que se debía hacer era volar todos los ministerios. Los jefes cobardes han sido absuelto: los valientes no han sido empleados por no tener entorchado. Pero, ¿hay más que dárselo? Las causas de los males son bien conocidas: hemos prescindido de que estamos en revolución, y hemos querido marchar por el carril de la legalidad; en cuanto a los militares debemos decir como en la revolución francesa: -<<Tal día Vd. a la facción>>.
En otra sesión fueron acogidas con murmullos algunas de sus palabras. Volviese airado hacia los interruptores apostrofándoles con esta frase oportunísima:
<<Me importa muy poco los murmullos. Yo pereceré por la causa de la libertad, y como dije en una ocasión célebre en 1837, cuando ella peligre, de seguro no encontraré a mi lado a los que ahora me interrumpen>>.
Madoz era la irritabilidad personificada. Nervioso en extremo, lo más leve encendía su ánimo, alteraba su naturaleza. Duro, violento, jamás retrocedió ante ningún obstáculo ni peligro.
Su acción era poco artista, aunque expresiva, su palabra, correcta y a las veces elocuente. No carecía de gracia ni de oportunidad cuando el caso lo demandaba.
Fue un hacendista distinguido, un ministro íntegro, puro.
En los últimos años de su vida flaqueárosle el carácter y la energía. Habíase cambiado en otro hombre, en otro político.
No quiero hablar de la historia de su magnífico Diccionario geográfico; menos aún de La Peninsular.
Respetemos el sagrado de la muerte.