D. José Echegaray (notas de la web)
José Echegaray nació en Madrid, en 1832. Cursó estudios de ingeniería en la capital de España, destacando en la carrera docente, donde desempeñó la cátedra de física matemática en la Universidad de Madrid. Introdujo en España la geometría de Chasles, el cálculo de variaciones y la teoría de los determinantes.
Se enroló en el campo político más por sus conocimientos y carácter de tecnólogo que por su pensamiento o ideas. Desempeñó varios cargos dentro de la administración del Estado, ocupando las carteras de Fomento, entre el 69 y el 72, y la de Hacienda, 1874. Fue diputado por Asturias y a él debemos la creación del Banco de España.
No obstante, su faceta más conocida fue la literatura, destacando como dramaturgo. Escribió más de setenta obras, algunas de contenido histórico: En el seno de la muerte, En el puño de la espada. Pero por las que más se le conocen son: El gran Galeoto, A fuerza de arrastrarse, Mancha que limpia, El hijo de Don Juan y El loco de Dios. Estas dos últimas escritas después de desaparecido Cañamaque.
Fue Premio Novel de Literatura, compartiendo el premio con el poeta francés Fréderic Mistral. Murió en Madrid en 1916

Perfil de Echegary (Por Francisco Cañamaque)

Era la tarde del 5 de Mayo de 1869.
Las Cortes, fatigadas ya por el choque formidable de tantas opuestas ideas y tantos eminentes oradores; rendidas como viajero que ha caminado deprisa salvando bosques, llanuras y montañas, y en cuyo rostro se marcan las huellas de grandes peligros superados, de grandes amarguras pasadas, de grandes crisis vencidas, pero de aliento aún para proseguir hasta el fin la áspera y gloriosa jornada; las Cortes, digo, discutían el artículo 21 del proyecto constitucional.
Habían llenado ya con su acento el espacio oradores como Pí, como Cánovas, como Ríos Rosas, como Martos, como Montero Ríos, Como Castelar, como Manterola, como Figueras, como Montecillo, como Olózaga, como Moret, como tantos otros parlamentarios elocuentes, ora defendiendo, ora atacando la obra magna de la revolución, su Código fundamental.

Un diputado como de cuarenta años, de espalda tan cargada que parece tener joroba; flaco, pálido, demacrado; de irregular y calva cabeza cuya forma no acertaría a describir; de ojos pequeños y azules que arrojan, rompiendo el cristal de su dorada armadura, rayos de vivísima luz; suelto, ágil, desembarazado en sus movimientos, empieza a defender en medio del silencio y la indiferencia de la Cámara el artículo 21 del proyecto constitucional, la libertad de cultos. Pocos saben quién es, como se llama, cuanto vale.
El asunto, agotado en anteriores luminosos debates, parece ofrecer pocas ventajas al desconocido y audaz orador. El orador habla. A los cinco minutos las Cortes le oyen con gusto mezclado de sorpresa; después, le aplauden; luego, le admiran; más tarde, cuando concluye, le cubren de felicitaciones y enhorabuenas. Ya saben lo que es y como se llama: es un gran orador, se llama Echegaray.

Tal fue el principio parlamentario de ese otro monstruo, el cual, aunque no tiene nada de artillero ni de bizco, es más monstruo de lo que muchos creen.
Parece un pobre enfermo, y disfruta de cabal salud; parece tímido, y es osado; parece un cualquiera, y es un sabio; parece que no puede echar la palabra del cuerpo, y habla de perlas; parece frío, y es ardiente; parece creerlo todo, tener grandes tragaderas, y no creer en nada ni en nadie; parece pura prosa, y hace buenos dramas en verso en los cuales todo el mundo muere, el apuntador sale mal herido y el público se desmaya; parece lo que no es capaz de atreverse con una mosca, y al mismo Zuavo le mete una estocada que lo parte; parece uno de tantos, y es uno de los primeros matemáticos de España; parece un empleado de tres mil reales con descuento, y es un ingeniero que cuando dirige un túnel lo hace como es debido, a diferencia de Elduayen a quién le resultan gemelos de teatro; parece una segunda edición del casto José, y tiene una de las mujeres más hermosas que se pasean por Madrid.

Lo habréis visto cien veces en el Ateneo echándose al cuerpo de un tirón la Revista de ambos mundos, devorando los libros del escaparate de Fé, bajando la calle de Alcalá con un hermoso niño de la mano, subiendo la de la Montera embozado en su capa de vueltas encarnadas y azul, en el salón de conferencias del Congreso charlando con el Dr. Peralta o en disputa con Pidal y Mon. Y nada os habrá dicho su fisonomía, nada su porte, menos aún su bigote de guardia civil.

Tampoco inspiró nada a los constituyentes del 69 cuando pasaba junto a ellos en aquellos días de fiebre memorable y patriótica. Pero habló, y su triunfo fue completo. Oídle. Sostiene que el pensamiento encerrado en moldes teológicos, o se ahoga, o en ellos muere por asfixia, o los rompe y estalla, y añade:

<<Y no quiere esto decir, no significa esto en manera alguna que la ciencia, que el pensamiento científico sea hostil a la religión y a los sentimientos religiosos. No; hay perfecta armonía entre la ciencia y la religión, como manifestaciones de un todo, de una unidad, de algo más grande que las envuelve a las dos: lo que hay es que cada una de esas manifestaciones tienen su manera propia de expresarse, su manera propia de desarrollarse. La ciencia necesita aire, necesita espacio, necesita errar algunas veces, no puede aceptar una verdad hecha, impuesta, inalterable; pero en el fondo de toda verdad científica, cuando el pensamiento es profundo, cuando no es perjudicial, cuando no es de antemano hostil a ciertas ideas, hay un gran sentimiento religioso, porque allí aparece y se pone en contacto con lo trascendental, con lo eterno, con lo invariable, con lo infinito. La ciencia ama la religión, solo que la ama a su manera: no se encierra en ella, no se ahoga en ella; es como el águila, que ama la montaña, que pasa de unas a otras, que se posa un momento en la más elevada, pero que después tiende su vuelo, sube a las nubes, se pierde en el espacio, y las montañas ahí se quedan, inmóviles, gigantescas, sobre sus cimientos colosales.>>
Los aplausos de la Cámara, los primeros aplausos que arrancó Echegaray en este célebre discurso, dados fueron al concluir párrafo tan artístico, tan precisa y bellamente dicho. Los diputados ausentes del salón empiezan a entrar al ruido del éxito; todos toman asiento, ninguno quiere perder las primicias del orador. Echegaray sigue subiendo, creciéndose, elevándose más cada vez. Explica la variedad en la unidad de los planetas que pueblan el espacio, y dice:

<<Ahora bien: en la sociedad sucede una cosa parecida. También el hombre tiene su primitiva nebulosa, hacia la cual quieren arrastrarnos los partidarios de la escuela reaccionaria; también la sociedad tiene en el Oriente su inmensa nebulosa. Allí el hombre estaba bajo la presión de una doble fatalidad, la fatalidad material y la fatalidad social; es decir la fatalidad del error, y las grandes tiranías, y los grandes intereses, y los grandes despotismos; y al romperse aquella nebulosa, brotan las nacionalidades modernas, las modernas razas, y los modernos pueblos, y en esta trabajosa elaboración el hombre va conquistando cada vez más su libertad, va siendo cada vez más dueño de si mismo y de su destino, va adquiriendo mayores derechos, va emancipándose de toda fuerza exterior, sin que por eso se rompan las grandes atracciones morales, sin que por eso rompa la fuerza de la amistad, la fuerza del amor, la fuerza del deber, sin que por eso se quebranten las grandes fuerzas del espíritu, que son el orden social lo que la atracción newtoniana en los espacios infinitos del cielo.>>
Nuevos aplausos cubren la voz del orador.
Diréis que eso es mucha imaginación, mucha poesía, mucha retórica. Es verdad, no lo niego, todo eso es; pero es también bello, armonioso, magnífico.
Diréis más: diréis que sobran nebulosas y faltan ideas. Tenéis razón; pero el símil es exacto, feliz, inspirado.
Añadiréis aún más: que hay cierta repetición, cierto estudio, cierta preparada combinación de efectos. Es innegable; pero confesad que ese periodo, dicho con facilidad, con arte, con entusiasmo, es un periodo elocuente.

Pero donde Echegaray estuvo elocuentísimo, oportuno, fue al desenterrar la famosa trenza de pelo, aquella trenza que se ha hecho tan celebre como la bilis de Sagasta, como las dos naturaleza den Calderón Collantes, como el chaleco de Orovio, como la desaparición de Figueras, como la consecuencia de Villaverde, como las orejas de Posada Herrera, como el pan de Candau, como las patillas de Figuerola; aquella trenza que, liada desde entonces al cuello de Echegaray o flotando siempre sobre su cabeza, objeto de risa burlona para unos, de recuerdo agradable para otros, no ha sido olvidada por nadie, y por Echegaray menos que por nadie porque le hizo ministro de Fomento. No vemos a Echegaray una sola vez, una sola, que no exclamemos todos, tirios y troyanos: <<Aquí está el de la trenza de pelo. >>
¿Queréis saber o recordar como y que fue aquello de la trenza de pelo? ¿Queréis pasar un buen rato y que el cabello se os ponga de punta? ¿Queréis maldecid la intolerancia religiosa? Pues escuchad un momento.

El orador está triturando los argumentos aducidos por el carlista Díaz Canaleja en pró de la unidad católica. Oye decir que la Iglesia nunca ha perseguido a las personas, y replica:
<< Prescindamos de la palabra Iglesia; sustituyámosla por otra palabra. ¿Puede sostener S.S. que el poder teocrático nunca ha perseguido a las personas? Pues si sostiene que el poder teocrático no ha perseguido nunca a las personas, marche por la calle Ancha de San Bernardo, salga al campo, tome a la derecha, y allí, cerca de la estatua de Daoiz y Velarde, verá el Quemadero de la Cruz.
<< ¿Sabéis lo que es el quemadero de la Cruz? Yo os lo explicaré; yo deseo que vayáis allí a verlo; yo quisiera que estas discusiones tuvieran lugar sobre aquel horrible monumento, a ver si había quien se atreviera a defender la unidad religiosa.
<< El Quemadero de la Cruz es un gran corte del terreno; es, pudiera decirse, un corte geológico. ¿Sabéis lo que es un corte geológico? La naturaleza abre su gran libro, extiende sus grandes páginas, es decir, da un tajo al terreno, y allí se ven, en ordenadas capas, arcillas, pizarras, areniscas, y pedernales: son las líneas del gran libro en que el geólogo va a estudiar como se ha formado este planeta en el cual vivimos.
<< Pues bien: el Quemadero de la Cruz es también un gran libro, es también una gran página, una sombría página, que encierra provechosa aunque triste enseñanza: con sus capas alternantes, es el Quemadero de la Cruz un corte, que yo no me atrevería a llamar geológico, pero que pudiera llamar, con verdad, teológico.

<< En esos bancos alternantes del Quemadero de la Cruz vereis capas de carbón impregnado en grasa humana, y después restos de huesos calcinados, y después una capa de arena que se echaba para cubrir todo aquello; y luego otra capa de carbón, y luego otra de huesos y otra de arena, y así continúa la horrible masa. No há muchos días, y yo respondo del hecho, revolviendo unos chicos con un bastón, sacaron de esas capas de cenizas tres objetos que tienen grande elocuencia, que son tres grandes discursos en defensa de la libertad religiosa. Sacaron un pedazo de hierro oxidado, una costilla humana calcinada casi toda ella, y una trenza de pelo quemada por una de sus extremidades.
<< Esos tres argumentos son muy elocuentes. Yo desearía que los señores que defienden la unidad religiosa lo sometieran a severo interrogatorio; yo desearía que preguntasen a la pobre costilla como palpitaba contra ella el corazón del infeliz judío. Yo desearía que preguntasen a aquel pedazo de hierro, que fue que fue quizá una mordaza, cuantos ayes dolorosos, cuantos gritos de angustia ahogó, y como se fue oxidando al recibir el ensangrentado aliento de la victima, con la cual el duro hierro tuvo mas entrañas, tuvo mas compasión, fue más humano, se ablandó más que los infames verdugos de aquella infame teocracia.>>

Aplaudid, aplaudid sin miedo, que yo aplaudí entonces, aplaudo ahora y aplaudiré siempre.