D. EMILIO CASTELAR Y RIPOLL (Nota de la web)

Emilio Castelar y Ripoll nació en Cádiz el 7 de Septiembre de 1832, de niño marchó con su familia a Elda y posteriormente a Madrid donde se matriculó en Derecho y más tarde se doctoró en Filosofía con una tesis sobre Lucano. Fue en 1854, a raíz de la revolución, cuando se inicia en la política, obteniendo un gran triunfo con el mitin que desarrolló en el Teatro Real de Madrid. Se dice de su éxito "el discurso de Castelar no fue aplaudido solamente, fue aclamado. Desde las primeras a las últimas palabras le siguió una tempestad de entusiasmo". Al día siguiente La España, periódico cuyo propietario era D. Francisco Cañamaque, decía de él: " Está destinado a reemplazar a todos nuestros grandes oradores, y a reemplazarlos con ventaja".

Adscrito a la corriente republicana con claro matiz individualista, contrario a las ideas del federalismo auspiciadas por los utópicos y prosocialistas.
Castelar fundó el periódico La Democracia que le sirvió de tribuna para defender este sistema político, en contra de la monarquía de Isabel II. Un artículo periodístico, titulado El Rasgo, contra el sistema le ocasionó la separación de su cátedra de Historia de España en la Universidad Central. Este acontecimiento provocó grandes movilizaciones y altercados de algunos colectivos estudiantiles contrarios al régimen y que habían visto en su catedrático un atisbo de cambio en la vida política de España. Por estos hechos tuvo que exiliarse a Francia donde permaneció hasta 1868. En la República fue Diputado por Zaragoza y en las Cortes Constituyentes pronunció varios discursos que por su estilo puro, retórico y florido fueron considerados modelos de elocuencia.
Fue ministro republicano ocupando la cartera de Estado y posteriormente la Presidencia del Gobierno. Sufrió el Golpe de Estado del General Pavía que acabó con la I República Española. Fundó el Partido Posibilista. Restaurada la Monarquía con Alfonso XII, representó a Barcelona en las Cortes. Desde la tribuna del Parlamento defendió el republicanismo conservador y evolucionista, la libertad religiosa y el sufragio universal.

Sus obras más importantes son: Cuestiones políticas y Sociales, Semblanzas contemporáneas, Vida de Lord Byron, Ernesto, Miscelánea de religión, de arte y de política, Cartas sobre política europea, Historia sobre el movimiento republicano en Europa, Historia del Descubrimiento de América, Historia de Europa, Historia del Siglo XIX.
D. Emilio Castelar murió el 25 de Mayo de 1899 en San Pedro del Pinatar (Murcia).
Como hemos apuntado anteriormente, el periódico La España le dedico a Castelar grandes elogios, justo el día después de su mitin en el Teatro Real. Pues bien, vean lo que de Castelar dice D. Francisco en su obra:


Perfil de Emilio Castelar (Por Cañamaque)

Señoras y señores: Triste, muy triste; desventajosa, muy desventajosa es mi situación en estos momentos.
¡ Ah, señoras y señores¡ Puesta la mano sobre el corazón; trémula al sacudimiento de la perplejidad la pluma, el espíritu incierto; estática la idea como si el peso de mi propósito la agobiara con su inmensa pesadumbre; triste y acongojado el sentimiento; inmóviles los ojos como en presencia de la terrible visión de lo imposible; agitado el cerebro por el choque estruendoso de la duda; de la duda, señoras y señores, más horrible que el frío inolvidable de la muerte, más destructora que el Etna encendido; pensativo como las grandes creaciones del misticismo; melancólico como los pálidos matices del cielo al caer el velo misterioso de la tarde; estremecido, convulso, presa de amarguísima incertidumbre, quisiera tener el pincel inmortal de los grandes artistas de la historia, de Rafael, de Miguel Ángel, de Velázquez, de Murillo, para trazar en este mísero papel el retrato del más grande de los oradores, del más elocuente de los tribunos, de aquel cuya fama se extiende por los espacios de la humanidad como se extiende la luz del sol por los espacios del cosmos.
¡Emilio! ¡Castelar! ¡Sr. D. Emilio Castelar! ¡Excelentísimo Sr. D. Emilio Castelar y Ripoll, venga acá en mi auxilio la democrática persona de V. E! Quiero decirle cosas bellas, lindísimas, primorosas, dignas de su fama, y no sé por donde empezar ni qué hacer. Por lo mismo que es Vd. un magnífico orador, por lo mismo que su palabra tiene pocos lunares o ninguno, por lo mismo que la elocuencia parece habitar en Vd. como habita la perla en la concha, por eso mismo el busto de Vd. es el más laborioso el más difícil, el más peliagudo (metafísicamente hablando) de todos los bustos de este libro.
Desearía pintar a Vd. como Vd. es, y me da miedo; miedo por lo arduo de la empresa, miedo por el daño que puedan hacer en su epidermis las espinas sin entrañas de la realidad. Como orador está Vd. seguro, como un hombre de gobierno, como ministro tenemos que hablar, aunque no despacio porque Vd. lo hace muy deprisa y muy bien, y yo me defiendo como puedo.
¿Para qué quiere Vd. mucha caballería, mucha infantería, mucha artillería, mucha guardia civil, muchos carabineros, muchos ingenieros, y quizá andando el tiempo, muchos húsares? ¿Para qué? ¿Para convertir la nación en un campamento? ¿Para asustar a los federales? ¿Para defenderse de la extrema derecha de la política española?.... Si es para lo primero, protesto en nombre de la paz, de los contribuyentes, de las madres y de las novias; si es para lo segundo, conforme de toda conformidad. Por ahí debimos empezar en 1868, a esa tabla debió Vd. asirse la aciaga noche, la noche triste y memorable del 3 de Enero.
Ahora bien; y acepto, yo aplaudo, yo oigo con gusto sus revanchas conservadoras, su desquite de orden y legalidad. Eso está muy bien, retebien; pero no abuse Vd. de lo uno como abusó de lo otro, porque además de ser extemporáneo los curiosos y observadores pueden decir, con más o menos justicia, que un hombre de su talento, de su ilustración, de sus conocimientos históricos, no debió combatir, triturar, pulverizar con la fuerza incomparable de su elocuencia poderosa lo mismo que hoy predica, ensalza y quiere: orden arriba y abajo, leyes liberales y democráticas aplicadas con un criterio prudentemente conservador; ejercito permanente; servicio general y obligatorio; clero pagado; mimos y dulces para las clases conservadoras; algún palito que otro a todo el que se desmande; en una palabra, lo mismo que querían Celleruelo, Ramos Calderón, Fiol y yo cuando éramos radicales en 1870,71,72 y principio del 73.

Le hablo a Vd. así, con esta franqueza, porque como no me hallo afiliado a ningún grupito ni por mi mente pasa la idea de ofender a nadie, estoy libre de que me dé Vd. un pasaporte como el que extendió a Pedregal para que viajara libre y seguramente por los fértiles campos de la democracia. Como Vd. lo oye, D. Emilio. Soy libre, absolutamente libre; como el pájaro en los aires, como el pececillo en el agua, como la idea en el pensamiento. Hasta hoy -en buena hora lo diga- no estoy con D. Manuel, no con D. Nicolás, ni con D. Francisco, ni con D. Estanislao, Ni con D. Cristino, ni con D. Práxedes, ni con nadie. Estoy conmigo mismo. Allá en los aposentos de mi cabeza tengo mi composición de lugar, y como entiendo que, por haberlo hecho todos muy mal, la Magdalena no está para tafetanes en algún tiempo, en mi casa me quedo y con mi pan me lo como. Tengamos calma, veamos lo que esto da de sí, y con el favor de los constitucionales y el de los mismos conservadores todo se arreglará.

Pues como decía - perdone el lector si me he distraído- yo creo que Castelar está en lo firme, pero muy en lo firme haciendo política conservadora, pero si bien entiendo que hace mal, pero muy mal, extremando las cosas hasta el punto que todos vemos, olvidando antiguas armonías que debieran trocarse en benévolas consideraciones, ahondando odios que debieran desaparecer ante la común desgracia.
Tampoco debe Castelar retroceder todos los días, porque a tales conclusiones pudiera llegar que el cambio no valiese la pena. Dado que las formas -de todas clases y en todas las esferas- no afectan a la esencia de las cosas, no vayamos por una vanidad pueril a dar la razón a Cánovas y sus feligreses. Seamos políticos antes que vanos y declamadores. Busquemos la libertad, la hermosa libertad, hija del cielo, don de los dioses como la llama Cicerón, y abracémonos a ella donde quiera que esté.
Y ahora, escrito este desahoguillo, presentaré al gran orador, al gigante de la palabra, al coloso de la tribuna. No con las galas que le son propias, porque fuera empeño inútil y sobre inútil pueril; no con los brillantísimos colores de sus imágenes radiantes y esplendorosas. No; lo presentaré a Vd. como pueda, mejor que pueda, porque la empresa, por lo alta, merece un esfuerzo.
Se levanta el telón.
Las tribunas están llenas, cuajadas, macizas. La pública, amparo generoso de todos los cesantes, sitio obligado de todos los forasteros, balcón por donde se asoman a ver si ha venido el ministro o el diputado todos los pretendientes, está de bote en bote. Su aspecto es el de la impaciencia, su respiración sofocada, su aliento encendido. -¡Que tunda va a llevar el ministerio!- La de exdiputados y exsenadores, refugio de todos los infortunios y asilo de todas las derrotas, cosas que fueron, no admite uno más. Si entra uno más se ahogan.... La de diplomáticos no consiente otro curioso. Arrojad un alfiler sobre aquella masa de carne, y corréis el riesgo de que se clave en la calva de algún inglés lacio, frío y estirado..... La de periodistas, enjambre de abejas que van allí a dejar la miel de sus libaciones, semeja asamblea de estudiantes que espera alegre y bulliciosa la hora de la cátedra, el momento de aprender.
Son el porvenir, la luz que brilla con fulgurantes destellos en la plenitud del cercano día. Cada cual lleva, como billete de función extraordinaria, la credencial de su noble oficio. Ni uno más cabe. Se asfixian. << Hoy oficia D. Emilio de pontifical, dicen entre irónicos y alegres; hoy sobran lápiz y papel, y faltan ojos y oídos...>> La de señoras parece tocador de la hermosura, jardín flores, cielos en cuyos espacios se confunden todos los aromas y toman matiz todos los colores. Se estrechan, se aprisionan, se estrujan, se pisan, se empaquetan. Muchas sudan y se despintan; pero ninguna se va, ninguna se sale, ninguna se recoge el moño caído o el bucle suelto. Si es trance de morir, mueren; si es cosa de gritar, gritan, chillan se abanican y aplauden....
Suena la metálica voz de la estridente campanilla... Oleaje general, sacudida profunda, mar de fondo.... Primero aparecen los porteros; después, los maceros; entre los maceros, el presidente; detrás del presidente, los secretarios; luego, en confuso tropel, los diputados.

¿Y Castelar? No está; pero estará. Viene el último para que todos se fijen en él. Trae papeles, muchos papeles. Su abrochada levita le da aspecto elegante. Mira a todas partes y de todas partes le miran. Bajo el poblado bigote, por los aristocráticos quevedos, sale una sonrisa de excusable vanidad. <<Ese es, ese es>> exclaman muchos a un tiempo. Castelar no lo oye; pero se lo dicen los acentos del murmullo, el ruido de los apartes, las chispas de fuego de la enrarecida atmósfera. Sube severo y pausado, mirando y remirando, los alfombrados escalones que conducen a la presidencia. El Presidente le ve venir, y se ríe. <<-Ya se a lo que subes, dícese interiormente; subes para que te vean mejor, para que no te confundan, para que nadie dude. ¡Vanidosillo! ->> Castelar permanece allí dos minutos, pronuncia afectadamente algunas palabras, atusa el enorme mostacho, mira de nuevo, habla, vuelve a mirar, acepta un caramelo, echa otra miradita, y bajando y subiendo a la presidencia, y saliendo y entrando en el salón espera impaciente la hora. Antes de que esta llegue, como su precaución es grande ha tenido buen cuidado de ir a su banco, a la izquierda, en lo más alto, y dejar en él los molestos papeles. Ya no cabe duda: aquél es Castelar y aquél su asiento....
¡Dios mío, que empiece pronto!
En tal situación todo lo que se diga, todo lo que se pregúntese antójasele al público ocioso, ridículo, malo, fuera de sazón, molesto y de mal tono. No está allí más que para oír a Castelar. Hable quién hable el público se reprocha no tener algo a mano. Castelar lo sabe y se estremece, se esponja, se ensancha, se transparenta, se desmaya, se muere de gusto.
Un portero sube hasta él -hasta su asiento, que hasta él no quiere que suba nadie- y deja sobre el banco descomunal bandeja con cuatro vasos de agua, de naranja o de limón.
¡Ya falta poco!... Por fin dice el presidente sonando la campanilla de los apuros y arrellanándose en el sillón para estar más cómodo: << El Sr. Castelar tiene la palabra>>
Como revuelto mar agita un momento sus olas para quedar en calma después, así el auditorio se mueve y respira para toda la tarde cayendo luego en el silencio más religioso, en la calma más inalterable, en la atención más profunda.
Ahora bien, ¿cómo escribo yo la palabra de Castelar? Imposible, absolutamente imposible. Id a la historia, antigua y moderna, sagrada y profana; tomad a Salón, a Perícles, a Temístocles, a Alejandro, a Demóstenes, a Sócrates, a Platón, a Aristóteles, a Escipión, a Marco Aurelio, a Bruto, a Cesar, a Favio Máximo, a Cicerón, a Catón, a Tácito, a Séneca, a Moisés, a Santo Tomás, a San Agustín, tomadlos así, como los tomo yo, sin orden ni concierto, apresurad el paso y venid más acá; coged a los árabes, a los cristianos, a los protestantes, a los católicos, a los enciclopedistas, a los revolucionarios; pedid en vuestro auxilio los colores de Rafael y de Murillo, la inspiración de Homero, de Virgilio, de Horacio, de Dante, de Petrarca, de Goethe, de Shakespeare, de Víctor Hugo de Espronceda; reunid todos los papas y todos los reyes; pedid al arte sus encantos y a la poesía sus maravillas; revolved las fantasías de la imaginación y las afirmaciones de la filosofía; encarnad en una sola palabra la energía de Demóstenes, los apóstrofes de Cicerón, los arranque de Mirabeau, la poesía de López, la dicción de Ayala, el vigor de Cánovas, el relámpago de Ríos Rosas, la facilidad de Moret, la pureza de Martos; tomad, pedid, coged, reunid todo eso; confundidlo, barajadlo, extraviaos si queréis, soñad; pero hacedlo bien, con arte con esplendor, con raudales de elocuencia, con prodigios de retórica, con asombros de armonía, y tendréis al primer orador del mundo, a Emilio Castelar.