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DON ANTONIO CANOVAS DEL CASTILLO (nota de la web)
D.
Antonio nació en Málaga, en 1828, y murió,
asesinado, en Santa Águeda (Guipúzcoa), en 1897. Hijo
de maestro de escuela quedó huérfano con solo 15 años,
por lo que él y su familia pasaron años de estrecheces
y dificultades. Ayudado por su tío, Serafín Estébanez
Calderón, se fue a Madrid donde estudió derecho.
| D. ANTONIO CÁNOVAS
DEL CASTILLO |
Político,
literato e historiador, nacido en Málaga el 8 de febrero
de 1828 y asesinado en Santa Águeda (Guipúzcoa)
el 8 de agosto de 1897. Fue ministro de Gobernación con
Alejandro Mon en 1865 y de Hacienda, por renuncia de Alonso
Martínez, en 1866. Fue el artífice de la Restauración
monárquica de 1874 y desde enero de 1975, seis veces
presidente del Consejo de Ministros alternándose en el
poder con Práxedes Mateo Sagasta.
Canovas ingresó
en 1848 en el Ateneo de Madrid, donde pronunció su
primer ciclo de conferencias tituladas "Críticas
de los cartesianos". Desde entonces pronunció
otras muchas y llegó a ser una de las personalidades
más importantes del Ateneo, del que fue presidente
en tres ocasiones (1870-74, 1882-84 y 1888-92), figurando
sus discursos anuales de apertura entre sus trabajos más
destacados
http://www.ateneodemadrid.com.
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Se inició en el periodismo para ir
ayudándose en sus necesidades económicas, y publicó
ya, en 1851, su primera novela "La Campana Huesca". En
1854 publicó "Historia de la Decadencia de España".
En este tiempo se inició en la vida política, iniciándose
como hombre de confianza de O´Donnell, interviniendo en la
preparación de la Vicalvarada, redactando personalmente el
manifiesto de Manzanares. Esta fue su única acción
política que desarrolló en sus inicios con tintes
progresistas o revolucionarios. A partir de este momento se mostró
partidario del legalismo y combatió con dureza los pronunciamientos
revolucionarios.
Miembro de la Unión Liberal, se hizo
pronto con un puesto de liderazgo en el partido, siendo nombrado
ministro de Gobernación (1864) y de Ultramar (1865). Durante
el reinado de Isabel II su partido se deslizó hacia la extrema
derecha y Cánovas dejó el partido para dedicarse a
sutarea intelectual, como profesor.
En 1869 lideró un pequeño grupo
liberal-conservador que le llevó como jefe del mismo a las
Cortes. Después de un periodo compatibilizando la política
y la escritura, en 1875 organizó un régimen político
donde diseñó una democracia parlamentaria, dotada
de Constitución (1878), y de carácter claramente liberal
conservador, aunque, en el fondo, lo que Cánovas había
preparado era un régimen revestido con un disfraz para enmascarar
el caciquismo, arraigado en España, en un mecanismo de alternancias
en el poder que compartía con el grupo de Sagasta, liberal-progresista.
Este sistema le mantuvo en el poder hasta su muerte en 1897, llegando
a presidir, en varias ocasiones, el Gobierno de la Nación.
Escribió obras de Historia muy importantes
como sus Estudios del Reinado de Felipe IV; Historia General de
España; Bosquejo histórico de la Casa de Austria en
España.
Como es conocido murió asesinado por un anarquista italiano,
Agiolillo, que actuó en venganza por los fusilamientos de
Montjuic.
Perfil de Canovas del Castillo (Por Cañamaque)
Es
orador, político, literato, tres veces académico,
historiador, poeta, jurisconsulto, diplomático, periodista,
geógrafo, artillero, aljamiado, monstruo, malagueño,
conservador liberal, liberal conservador, y bizco. Todo eso es,
en pocas palabras expuesto, mi paisano D. Antonio Cánovas
del Castillo. Para ser la novena maravilla no le falta más
que morir obispo, confesor, virgen y mártir.
No creáis, sin embargo, que su presencia revela nada de lo
que es. El pícaro lo disimula mucho, da un chasco a cualquiera.
Parece un hombre vulgar si lo contempláis sin saber quien
es, como se mira al transeúnte que pasa por la calle. No
tiene la melena de Danton, la fisonomía arrogante de Mirabeau,
la estatura de Mendizabal, la frente iluminada de Castelar, la nariz
revolucionaria de Voltaire, la fealdad de Alcalá Galiano,
el aspecto severo de Salmerón, el atolondramiento estudiado
de Bismark, la mirada eléctrica de Ríos Rosas, la
viveza de Sagasta, la atracción de Ruiz Zorrillo, los labios
epicúreo de Martínez de la Rosa, la voz de sirena
de Martos, el talle aristocrático de Abarzuza. Nada de esto
tiene, pero vale tanto como ellos, mucho más que alguno de
ellos.
He dicho que parece un hombre vulgar si lo contempláis sin
prevención. Pues bien; parece lo que no es. También
pareció liberal y progresista en 1854, y todo el mundo se
equivocó.
Viste tan mal la levita, que semeja escribano de juzgado que corre
a llevar autos. El talle en él es un mito. No conserva otra
cosa que el sitio. Cálase los lentes con desgarbo, guiña
que es una compasión, tuerce la boca, hace mil gestos y contorsiones,
se abre la raya a un lado y afeita su rollizo cogote ni más
ni menos que un chulo. He oído decir que no fuma.... ¡Si
será monstruo!
Pero
si no fuma escupe....... Escupe palabras y teorías que no
hay más que pedir, apóstrofes magníficos, citas
irrefutables, sofismas disfrazados de argumentos, argumentos contundentes,
bellezas literarias, giros oratorios de primer orden, razones de
píe de banco, disparos certerísimos, admirables, infalibles,
que le acreditan de buen artillero. De modo que, si no fuma, en
cambio escupe como no escupo yo, que fumo, como no escupen los más
tenaces fumadores.
Hay versos, y tan malos, que unos que tuve la desgracia de leer,
inspirados nada menos que en la pasión y muerte de Nuestro
Señor Jesucristo, me produjeron tres sentimientos distintos:
rabia, mal humor y lástima. ¡Eran la pasión
y muerte del estro, de la inspiración, de la armonía,
del metro y del buen gusto!
Y no se arrepiente. Después de estos hizo otros, aunque en
honor de la verdad debo decir que son peores. Vamos, son más
malos que los de Barrantes, que es comparación. Lean Vds.
unos Ensayos literarios que se venden al peso todos los años
en la feria de Atocha, repásenlos con cierto retintín,
y si no tengo razón me comprometo apagar un perro chico por
cada tomo.
Pero no; seré justo, quiero ser justo, debo serlo. De los
dos tomos se pueden sacar algunos discursos que bastan para hacer
la reputación de un literato. Porque Cánovas es un
castizo escritor, un escritor de punta, un académico que
no va a la calle de Valverde a fumar, toser, bostezar y otras espiritualidades
tan propias de las gloriosas ruinas que limpian, fijan y dan esplendor,
a su modo, a la lengua de Cervantes; no es tampoco de los que emplean
cinco meses de luminosas murmuraciones para decidir que tranvía
debe escribirse así, esto es con v sencilla y no doble como
habían dado en escribirlo los demagogos del idioma. Menos
es de los que pasa noches y noches a la nominilla de la Academia
-que los académicos, además de limpiar, fijar y dar
esplendor cobran un tantico por cada sesión- si beafteck
se debe escribir con k o sin ella. No señor, Cánovas
no es de esos; Cánovas es de los que, sin k o con k se comen
el beafteck y disputa concluida.
Tiene
como literato la manía incorregible de hacer versos, y como
historiador la de hablar mal de la casa de Austria.
Así ocupando el tiempo, es decir, cultivando las letras y
medrando en la política, Cánovas, por diversos caminos
y con una actividad poco andaluza, ha prosperado como ninguno. Primero
fue progresista y auditor de guerra en él ejercito insurrecto
de 1854, cuyo manifiesto escribió; después unionista,
más tarde casi moderado, luego, en 1868, revolucionario en
espíritu, a poco amadeista tapado, y últimamente alfonsino
por todo lo alto. Ha seguido todas las banderas de la monarquía
constitucional y parlamentaria, como para hacer su carrera ha ido
subiendo peldaño por peldaño la trabajosa escalera
del poder.
Viene la revolución de 1868, y como Cánovas valía
ya mucho Sagasta lo trajo de diputado, y Prim y Rivero quisieron
meterle de cabeza en la comisión de Constitución para
comprometerlo en la grande obra. Rivero le persuadió, y Cánovas
acepta patrióticamente. Pero quedaba el rabo por desollar.
Todo el mundo sabe el odio cariñosísimo que mutuamente
se profesan los dos Antonios de Málaga: Ríos Rosas
y Cánovas. Ríos Rosas quería mandar en la provincia
y Cánovas también. Aquel recelaba del talento de éste,
éste no sucumbía ante el carácter áspero,
dominante y avasallador de aquél. Rivero tuvo que elegir,
y se quedó con Ríos Rosas. Primer disgusto de Cánovas,
que, libre de todo compromiso, combatió el proyecto de Constitución
con una prudencia, con una mesura, con unas formas admirables: dijo
que aquello era una obra infeliz y elevar a ley la anarquía.
A lo cual le contestó Ríos Rosas dulcemente: -Esas
calificaciones, sobre ser amargas, sobre no ser prudentes, son injustas,
son inicuas, nacen de un falso criterio, son de todo punto gratuitas,
carecen absolutamente de fundamento y son falsas. ¿Qué
deberá decirse del autor de esas calificaciones?- En suma,
faltó poco para que le llamase Canovillas en plenas Corte.
Pasado este chubasco, del que Cánovas se defendió
dignamente, va y combate el sufragio universal. ¡El sufragio
universal, llamado más tarde por él, en 1876, en perentorio
auxilio de la Restauración!
. . . . Cuando quiere -y quiere siempre- sabe ser irónico,
gracioso, epigramático, punzante, venenosillo. ¿Quién
ignora que, privadamente, es uno de los hombres más chistosos,
ocurrentes y decidores? Su defecto consiste en que a una gracia,
a un equívoco, a una frase, lo sacrifica todo: amistad, conveniencias,
discreción, todo. -El ciego que canta y el lazarillo que
pide.- Quiso ha poco hacer una frase, y la hizo depresiva: - ¿Tan
mal le ha ido de villano que quiere ser caballero?
. . . . . En resumen; Cánovas vale mucho y es uno de los
primeros oradores de la Europa contemporánea. A él
le debemos, entre otras cosas, la desesperación de los constitucionales,
el nacimiento de los centralistas, un hipódromo, una Constitución
más, la unidad constitucional del país y cierta expansiva
libertad para el libro.
¡Lástima que no hiciera lo mismo con la prensa, a la
que tan despiadadamente trató! ¡Hijo desnaturalizado
y desagradecido!. . . . . .¡Monstruo!
Fotos.- Congreso
de los Diputados, Ateneo de Madrid, www.arte-historia.com, www.biu.toulouse.fr
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