D. ANTONIO APARISI Y GUIJARRO (Nota de la web)

Nació en Valencia. Jurista y gran orador en la actuación política. Forense de profesión, mantenía una gran fama. Fue Diputado y Senador en varias ocasiones. Defensor de la tradición dirigió varias revistas que promulgaban el pensamiento tradicionalista. Entre ellas hay que destacar La Restauración, El pensamiento de Valencia y La Regeneración.

Políticamente defendió el poder temporal del Papa y atacó las leyes desamortizadoras. Asistió a la Conferencia Carlista, celebrada en Suiza, y bajo su influencia moral y política se fundó el Partido Carlista.

Sus obras más destacadas son: Observaciones sobre el estado político y religioso de España, La Cuestión Dinástica y La Restauración. También y dado sus conocimientos de la anatomía del cuerpo humano, escribió poesía y relatos eróticos.

Perfil de Antonio Aparisi y Guijarro (Por Cañamaque)

No faltará quien piense que empiezo mal porque empiezo por un carlista. Tampoco estoy libre de que me arguyan un constituyente del 69 que Aparisi no tomó asiento en aquellas Cortes.
A lo primero contesto que Don Antonio era lo mejor de lo mejor, la flor de la flor, la nata de la nata.
¡Que no fueran todos como el ilustre diputado valenciano! ¡Otro gallo nos cantara, la pólvora venderíase más barata, los trabucos andarían más escasos y el nivel moral de los neos más alto, si como Aparisi hubiera muchos!

A lo segundo digo que es verdad; pero fue electo diputado para las Constituyentes -por Vizcaya si mal no recuerdo- y no tendría perdón de Dios si hablara -como lo haré- de Manterola, y pasase en silencio una de las figuras más dignas, más nobles más interesantes de la España contemporánea.
Dejadme, pues, que yo sé lo que me hago, o lo que es lo mismo, yo sabré como he de salir del berengenal oratorio en que me he metido.

Don Antonio Aparisi y Guijarro....
¡Vaya un hombre! Valía por mil de los suyos y era más demócrata que muchos que yo conozco. Su historia era la historia de un hombre de bien, su conducta la de un santo cercado de demonios; su alma pura y tierna; su corazón dulce y cariñoso; su pensamiento espejo donde se reflejaban con sus más bellos colores las grandezas de lo pasado en lucha abierta con las grandezas de lo presente. Tenía creencias y sentimientos; aquellas católicas, éstos liberales. Y como su fervoroso catolicismo era incompatible con la libertad moderna, de ahí el choque constante y contradictorio de su espíritu, la hermosa y peregrina batalla que libró hasta morir, los sacudimientos de su fe en pugna con los arrebatos de su corazón.
No conozco orador más desigual, más desordenado, más libre; pero tampoco he oído ni elido nada más bello, más encantador, más castizo. Era un prodigio de imaginación, un tesoro de sentimiento, un archivo inacabable de seductoras antiguallas.

La primera vez que habló en el Congreso hízolo bajo los peores auspicios. Otro que Aparisi hubiera naufragado.
Un representante del país, progresista por más señas, siguiendo la manía de los antiguos progresistas censuraba acremente y no sé con qué motivo -los verdaderos progresistas hallan siempre ocasión para hablar mal de los curas- la conducta de los obispos españoles. El novel diputado no pudo contenerse.
Pido la palabra para una alusión personal.
-Ignoraba - contestó el interrumpido orador- que en ésta Cámara hubiese obispos.
Una explosión de risas estalló en todos los bancos. El comienzo parlamentario de Apasi habría reducido a cualquiera a perpetuo silencio. Aparisi se recogió modestamente en el descalabro de su inexperiencia, agitóse en uno de los estremecimientos nerviosos tan comunes a su constitución física, y esperó, entre tímido y burlado, la venia del señor presidente.

Se levanta, y habla.
A las primeras palabras, pronunciadas a modo de sermón, la Cámara permanece fría, impasible, indiferente; pero a los pocos momentos, posesionado ya de sí mismo, dueño de su habitual serenidad, dominando al auditorio, elevándose a la altura de su rica imaginación y arrojando por la boca párrafos de pureza clásica, de corte castizo, de poesía seductora, cautiva la atención del auditorio que reconoce en él, a pesar de lo descompuesto de su persona y de su poco artística figura, uno de los primeros oradores de nuestra tribuna.
Aquel día se reveló, por tan extraña manera el genio de Aparisi y Guijarro. Después todos fueron triunfos. Y no triunfos conseguidos de un público benévolo, de una Asamblea amiga, de ánimos dispuesto al aplauso. No. Aparisi triunfaba de enemigos irreconciliables, de adversarios resueltos, de compañeros que le escuchaban con la sonrisa de la incredulidad en los labios ¿Tan grande es el poder de la elocuencia cuando la elocuencia es hija de un corazón puro y un propósito recto?
Daba, sin embargo, risa en medio del profundo respeto que inspiraba, el aspecto de Aparisi cuando al calor de la polémica su alma se enardecía y desbordábase su palabra.
. . . . . . . . En resumen: fue Aparisi un orador notable, aunque con antiparras; un académico como hay poco; un hablista consumado; un político soñador; un hombre de bien a carta cabal.
Y por todo esto, que no abunda mucho -algún pesimista argüirá que ni mucho ni poco,- por todo esto, digo, cuantas veces entro en el salón de conferencias y me pongo a mirar -que soy yo algo mirón,- los retratos que hay en los medallones, lamento la ausencia del de Aparisi. Están, en cambio los retratos de Gómez Berrea; del Duque de Rivas, que fue un gran poeta y un pésimo orador; de San Miguel, buen literato, pero hablador molesto y vulgar; y de algunos otros que, supuestos son los medallones para los primeros espadas de la tribuna, huelgan allí como en mi casa holgara, porque no soy aficionado a los toros, el retrato de Lagartijo o de Frascuelo.
Vamos a ver, ¿Por qué no está allí el retrato de Aparisi? ¿Por qué no se repara esta injusticia?